El fútbol de antes

Porterías con las redes rotas o sin ellas. De palos cuadrados rojos y blancos o de palos redondos de un hierro quemante. O sin porterías, dos mochilas, dos montones de chaquetas o dos piedras. El fútbol del patio no sabe de leyes, el triunfo de la anarquía deportiva reflejada en esos cinco partidos simultáneos y sin árbitro que se juegan a la hora del recreo. Y en medio del griterío de unas gradas imaginarias te encuentras tú con tu bocadillo de nocilla. Te dejas la suela de los zapatos corriendo por un patio de cemento desnivelado que para ti es el Bernabéu. Maldito cemento que a veces son brasas. Rompes los pantalones y agujereas hasta las rodilleras si te toca estar de portero. Das patadas a un balón de goma marca SuperTele, o a uno de las caricaturas de los futbolistas de la selección nacional. Y si no hay pelota se construye. O se le pide al solidario niño humano de otro curso que tenga dos.


En el cole no hace falta la autoridad arbitral, todos sabemos cuando es penalti, falta, saque de banda, córner o alta. No vale chupar, portero regateador o chutar trallón… Rara vez hay expulsión, y se para a beber agua si todos están de acuerdo. El patio del colegio tiene sus leyes y códigos internos. No chutarás el balón de otro partido, te apartarás del córner si estás jugando a canicas por respeto al deporte rey. Los equipos se eligen en la democracia más real que existe: pares o nones. Si te da el balón al bocata y te lo tira al suelo te jodes, o te lo sigues comiendo.Jugar esos partidos de patio es lo más parecido a jugar en la selva. Te cruzas con multitud de gente, los que juegan los partidos simultáneos de fútbol, y los que van cruzados, que están jugando a baloncesto y además suelen ser mayores. Tienes que tener gran dominio de la vista, eso si es visión de juego, porque te pueden arrollar y romperte las gafas. No hay fuera de juego, ni saques de banda, ni cesión, ni las reglas inservibles que solo los mayores entienden. Hay libertad, y siempre hay ley de la ventaja. Como en el hockey, los partidos sólo se interrumpen si hay una pelea (porque el boxeo hay que mirarlo y respetarlo) o si desgraciadamente la bola se cuela o se encala. Los partidos duran hasta que suena la campana. Veinte o treinta minutos de sudor y de pasión, que harán que estés contento el resto del día rememorando los jugadones que te has marcado en la selva de la escuela.

Ahora ya no vamos al colegio (bueno algunos sí) y con la edad, hemos perdido esa pasión por meternos a jugar en el patio del colegio, por meternos en la selva. Pero ahí está la cuna, ahí aprendimos a dar patadas al balón, ahí empezamos a amar este deporte, y ahí es donde se tiene que mirar. No hay que olvidar de donde venimos (de la selva). Que los voraces resabidos que no jugaban en el patio porque preferían hacer la pelota al profe en su despacho, no nos quiten ahora la ilusión. Que viva el fútbol de patio libre y mucho odio al fútbol-negocio moderno.

Foto: El País.

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