Ahí está, ese es, es Juan Carlos Unzué

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Pedro J. Lendínez

El feudo de Nervión siempre sabrá reconocer a los mejores arqueros que un día se enfundaron la blanquirroja para defender la meta sevillista, y es que en un club donde han podido disfrutar de porteros de la talla de Andrés Palop, Paco Buyo o Rinat Dasaev, si te acercas en silencio por uno de los goles, cuando haya fútbol de verdad, por supuesto, aún se puede escuchar un cántico eterno: “ahí está, ese es…”

No podríamos hablar de otro futbolista que de Juan Carlos Unzué, nacido el 22 de abril de 1967 en Pamplona, Navarra, donde debutaría en el club de su ciudad, Osasuna, en el año 1986 con 19 años, donde defendió la meta rojilla para terminar recayendo en un club que le marcaría para siempre, el Fútbol Club Barcelona.

Allí sería el escudero de Andoni Zubizarreta durante dos temporadas, que le servirían para empaparse del puro fútbol que desprende la entidad azulgrana y que desembocaría en una segunda juventud del navarro respecto a lo que fútbol se refiere, aunque mucho antes de todo esto, tomó una de las mejores decisiones de su carrera, fichar por el Sevilla F.C.

El cuadro de Nervión venía de ocupar la sexta plaza en la clasificación la temporada anterior con el mítico Rinat Dasaev, portero de la Unión Soviética, guardando la meta sevillista, y para mejorar dicha situación ficharon a Juan Carlos Unzué, que intercambiaría partidos de titular y suplente con el León de San Fernando, Monchi, que comenzó a despuntarse como futuro Director Deportivo, ya que este amaba la camiseta como ninguno, pero parar, el bueno de Monchi paraba realmente poco, acompañado de jugadores de la talla de Toni Polster, Pablo Javier Bengoechea y Manolo Jiménez. La globalización estaba ya muy presente en nuestro fútbol.

Así hizo suya la meta sevillista, logrando disputar 222 encuentros en 7 temporadas, y donde a nivel deportivo alcanzó los dieciseisavos y octavos de final de la Copa de la UEFA pero sobre todo se ganó los corazones de todos los sevillistas con su calidad y pasión dentro del césped, aunque todas las historias de amor no acaban comiendo perdices, y su despedida se daría en la temporada 1996-97 donde el cuadro mantendría a tres entrenadores a lo largo de la temporada, Camacho, Bilardo y Julián Rubio, para descender finalmente con Monchi ganándole la titularidad al bueno de Juan Carlos.

Así comenzaría un pequeño periplo por Tenerife y Oviedo para finalmente hacer lo que hace un hombre de su ciudad, despedirse con la camiseta que le vio nacer, la del Club Atlético Osasuna, que se sirvió de un ya descendido Alavés para golearlo 4-2 a modo de despedida tras 17 años en primera división, aplaudido por El Sadar como no podría ser de otra forma cuando abandonó finalmente el terreno de juego para siempre al ser sustituido por Sanzol en el año 2003.

Pero un hombre de fútbol nunca abandona su pasión, y desde el mismo año de su retirada comenzó como preparador de porteros a las órdenes de Frank Rijkaard en Barcelona, acompañando también a Guardiola durante la época más dorada del club blaugrana de 2008 a 2010, el año de su encarnación como primer entrenador en Numancia, aunque solo duraría un año y volvería a entrenar a los porteros del Barça para finalizar su etapa en el año 2012.

Más tarde acompañaría a Luis Enrique en el Celta como segundo técnico, y volvería al Fútbol Club Barcelona, aunque ahora de segundo entrenador para levantar Liga, Copa del Rey y Champions League.

Finalmente realizó su sueño de ser primer entrenador, de nuevo en el Celta en la temporada 2017 donde finalizaría decimo tercero para no seguir en el club vigués, y fichar dos años más tarde por el Girona aunque no terminó la temporada.

Así se define un hombre ligado al deporte que nos apasiona, que ha dejado huella en cada conjunto que ha defendido con especial mención para Osasuna, Sevilla y Barcelona. Ahora se enfrenta a un nuevo rival, fichando “por un equipo pequeño” como señaló valiente en rueda de prensa el pasado 18 de junio de 2020, momento que volvió a retumbar el aliento de los campos que lo vieron jugar, aunque esta vez el cántico sonó más fuerte que nunca: “es Juan Carlos Unzué”.

Ilustración Miquel Sanchis