Lentini y la velocidad

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Texto e ilustración Miquel Sanchis

2 de agosto de 1993, un camionero conduce su vehículo prácticamente solo en medio de la calurosa noche. Lo prefiere así, le agobia circular de día por las autopistas italianas que en esas fechas se abarrotan de turismos que van y vienen de un lado a otro del país. Él viaja de sur a norte, y va bien de tiempo, sin prisa, y hasta le da tiempo a parar en una estación de servicio para repostar, descansar sus brazos y estirar un poco las piernas. Se entretiene con la retransmisión de un torneo triangular que se disputa en Génova, entre Genoa, Milan y Flamengo, y da mordiscos a un bocadillo de mortadela y unas chips para después zamparse una pieza de fruta antes de volver a la marcha. 

Conduce tranquilo ya de madrugada al son del ruido de su vasto motor y de la penetrante voz de Fabrizio De André que tropieza en el transistor, cuando de repente observa en el retrovisor las luces de un coche que lo acecha y lo adelanta a gran velocidad alterando tan plácida madrugada. Todavía se pregunta sobre la necesidad de volar del conductor de tan increíble Porsche cuando al torcer una curva se encuentra con una imagen catastrófica: el cuerpo de un joven yace inconsciente en medio del alquitrán y el preciado vehículo arde en un lateral totalmente machacado. El conductor reduce velocidad, detiene el camión, desplaza el cuerpo del joven a la cuneta y sin poder comprobar si todavía respira decide abandonar el lugar del infortunio para llamar a la policía en tan desgraciada noche. Autopista Torino-Piacenza, altura de Villanova d’Asti, la muerte silba una triste canción. 

A principios de los 90 Italia vive una edad de oro política, económica y futbolística, la década comienza con la celebración del mundial, las estrellas de todos los lugares acuden a competir por el scudetto y un hombre rico emerge y se hace cada vez más y más poderoso, Silvio Berlusconi, el presidente y creador del todopoderoso Milan, que parece que todo lo puede comprar, que parece que hasta Italia puede dividir, todos contra él. Y entre tanta bonanza un chaval vive el momento con más intensidad que el resto, todo va demasiado rápido en la vida del joven Gianluigi Lentini, futbolista greñudo, promesa del calcio, y estrella emergente por la que Il Cavaliere no dudaría en gastarse un buen puñado de “miliardi” para vestirlo de rossonero. 

Ídolo de la afición del Torino, el club grana no parece por la labor de vender a su estrella, pero finalmente claudica ante una suma de dinero realmente estratosférica para la época, y Lentini se convierte con 4.000 millones de pesetas en el futbolista más caro de la historia. A sus veinte y pocos, el habilidoso extremo comienza a llevar una vida de película, dinero, fiesta, lujo, glamour y coches de alta velocidad. Además, su fútbol es un reflejo de todo lo que le rodea, desafíos, driblings exquisitos, cambios de ritmo, juego desenfadado y goles que piden ser el futbolista referencia de los nuevos tiempos en Italia. 

Gianluigi Lentini, nació en Carmagnola, una pequeña localidad cercana a Turín, y en el histórico Torino creció y vislumbró con su elegancia futbolística. Recién cumplidos los 17 ya debutó con el primer equipo y cuando volvió de una cesión al Ancona, lideró al Torino para ascenderlo de nuevo a la Serie A. Su fútbol iba cada vez a más y era pieza clave del equipo que llegó a una final de UEFA bien custodiado por Scifo y Martín Vázquez. Le bastaba ese poco éxito, no quiso nunca salir de Turín, por eso estuvo a punto de no firmar por el Milan, pensando en aquellos hinchas que se manifestaban delante de su casa día tras día, pero aquella pasta iba a ayudar al club de su vida, salpicado entonces por la acusación de su presidente Borsano en el caso Tangentopoli, y además, como no sentirse un idiota sin aceptar formar parte del mejor equipo de la época siendo el futbolista más caro del planeta.

Su regate más importante se lo hizo a la muerte en aquella negra cuneta, solo, moribundo, esperando la atención médica que no tardó en llegar. El futbolista más prometedor quedaba en coma, con el cráneo fracturado y un ojo gravemente dañado. El mundo se preguntaba si podría volver a los terrenos de juego, y que se le pasó por la cabeza para ir a tanta velocidad con la rueda de repuesto. Vueltas de campana, incendio del automóvil y la carretera que casi nunca perdona le dio una oportunidad sacando su cuerpo despedido por la ventana, milagro. Tardó seis meses en recuperarse de aquel accidente, pero el juego de Gigi nunca volvería a ser el mismo, Lentini era la sombra de Lentini, y salió cedido al Atalanta en busca de una recuperación futbolística que no llegaría, tampoco ya importaba. Jugó de nuevo en su Torino, y no perdió las ganas nunca de salir al terreno de juego. Cosenza, Canelli, Saviglianese y Nicese fueron sus últimos equipos, alejado de los focos y del glamour de las estrellas, disfrutando del fútbol modesto, el fútbol por el fútbol y nada más, dejándose la piel en campos humildes y jugando a cambio de nada hasta que cumplió los cuarenta años y dijo basta. En el silencio de una cuneta, en la madrugada del 3 de agosto de 1993 él ya había ganado su título más importante, la vida. 

«No me sorprende lo que le ha pasado, aunque sí la gravedad del accidente. Era un chico que iba muy deprisa por la vida. Todo le vino muy rápido» aseguraba Martín Vázquez.