Una jirafa en Irlanda

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Miquel Sanchis

La selección de la República de Irlanda vivió una gran época en los 90 de la mano de un inglés, un tipo auténtico que emanaba fútbol desde las botas hasta la boina y ayer nos dijo adiós, un señor llamado Jack Charlton.

Porque fue bajo la tutela de este caballero de los banquillos cuando por fin los irlandeses se quitaron el complejo de inferioridad futbolístico. La selección del trébol siempre contempló el fútbol desde el anonimato viendo como todos los éxitos se los llevaban los ingleses, ellos ganaron el mundial de 1966, ellos se clasificaban a las grandes citas, ellos tenían clubes campeones de Europa, en cambio en un país volcado en el rugby, el hurling, el camogie o el fútbol gaélico, el fútbol británico nunca había dado ninguna satisfacción. 

Pero en 1986 llegó «la jirafa» a Irlanda con la intención de cambiar la dinámica, y dos años después ya lograron la clasificación para su primer gran torneo, la Eurocopa de 1988. Hay que apuntar, que entonces era mucho más difícil clasificarse a la gran cita europea, pues tan solo ocho selecciones jugaban la fase final. 
La casualidad hizo que se enfrentaran a Inglaterra en su primer partido, a la que vencieron con un gol de Ray Houghton que hizo estallar de alegría el país. Después empataron con la Unión Soviética, y cayeron en los últimos minutos con los Países Bajos, quedando eliminados en el último instante, pero dando una muy buena imagen. 

En 1990, la selección verde logró clasificarse por fin a un mundial de fútbol, y la casualidad les emparejó de nuevo en su grupo con los Países Bajos y con Inglaterra, además de con Egipto. En aquel mundial de Italia, se orquestó aquello de que el grupo F jugaría sus partidos fuera de la península, en las islas de Cerdeña y Sicilia, para así controlar mejor a los hooligans ingleses. 
Irlanda empató los tres partidos, y pasó como segunda por un sorteo de desempate con los Países Bajos pues estaban empatadas en todo. Tuvieron fortuna, evitaron a Alemania y les tocó jugar contra la Rumanía de Hagi. La selección, que visitó al Papa y fue bendecida por la Iglesia durante el torneo, llegó hasta los penaltis en su partido de octavos ante los rumanos. Entonces emergió la figura de Pat Bonner, que con una memorable parada a Timofte clasificó a los suyos para cuartos, alargando el sueño de todo un país. 

En los cuartos de final, les tocó Italia, la anfitriona, que estaba entusiasmada con su mundial e «hipermotivada», incluso Iona Staller «la Cicciolina» no se quiso perder aquel partido contra la simpática Jackie’s Army. Pat Bonner que estuvo excelso todo el campeonato pecó contra la «azurra» (cosas de porteros) y se terminó con la fantasía verde. 

Pero llegó el mundial de 1994, en los Estados Unidos de América, país de acogida de gran número de emigrantes irlandeses y tal era el número y el fervor de los irlandeses que a Nueva York en aquellos días se le llamó Nueva Dublín. 
Precisamente en Nueva York, la selección bien comandada por Jack Charlton se vengaría del partido de cuatro años, sorprendiendo a la Italia de Baggio en su primer partido, con otro memorable gol de Ray Houghton. Tras perder con México y vencer a Noruega, la verde accedía a los octavos de final, siendo ya una selección muy respetada. 

Pero la fortuna le emparejó con los Países Bajos, su bestia negra que no solo la dejó fuera de aquel mundial, pues también impidió su clasificación a la Euro del 96 en una maldita repesca. Después de aquella desgracia Jack Charlon dimitió, «una década es demasiado» dijo el viejo, para entonces ya había puesto a Irlanda en lo más alto.

Miquel Sanchis