¿Por qué no odio al Real Madrid?

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Alberto Pardo


A principios del año 1954 absolutamente todo el mundo creía que el ser humano era físicamente incapaz de correr una milla en menos de cuatro minutos. Eso sucedía porque se había intentado una y otra vez sin éxito alguno. Y los sucesivos fracasos llegaron a invadir tanto a la humanidad que se daba por hecho era imposible hacerlo. Sin embargo, en mayo de aquel año, Roger Bannister quebró por primera vez esta barrera de los cuatro minutos. Se le denominó la milla milagro. Y tan solo 36 días después otro hombre, John Landy, repetía la hazaña. Desde entonces, más de 20000 atletas lo han conseguido. Incluso adolescentes. Pero, ¿por qué no lo consiguieron antes? ¿Por qué hasta que lo logró Bannister no lo había conseguido nadie? ¿Qué cambió? Muy fácil. Cuando llegaban a la pista, sabían que se había hecho y esto generaba la creencia de que ellos también eran capaces. Imposible es una palabra muy grande dicha por  personas pequeñas. Si las cosas fueran fáciles todo el mundo las haría…

Y apenas un año después de que el bueno de Roger batiese aquel pretérito récord mundial, a las afueras de Lisboa (ironías del destino) comenzó a rodar el balón con motivo del primer partido de la Copa de Europa de clubs de fútbol. Ni que decir tiene que aquella primera edición la ganó el Real Madrid… Tras la final, en la que la que mis enemigos de blanco tiraron de épica para remontar a un Stade de Reims que había comenzado ganando por dos goles a cero, Don Santiago Bernabéu declaró: “no  hay nada que celebrar, simplemente hemos cumplido nuestro deber”. Los pocos que entendían algo de fútbol en la Europa de los años 50 se echaron a temblar. Algunos, sensatos ellos, se retiraron a tiempo y dedicaron sus esfuerzos a tiranizar sus campeonatos domésticos. Los más osados permanecieron en una batalla que dura hasta nuestros días llenando de manchas el legado de futbolistas gloriosos. Buffon, Baggio, Matthäus, Ballack, Zlatan, Totti, Weah… todos ellos se encontraron con algún obstáculo en su búsqueda infructuosa de la copa de las grandes orejas, muchos fueron los que se toparon con el gigante blanco. Y mientras, vosotros habéis ganados Copas de Europa con Congo, Ognjenovic, Flavio Conceiçäo o Coentrao. Sois unos cabrones…

Partamos de una base. Aunque duela. Me lo repite continuamente un buen amigo mío madridista y es la mayor de las verdades. Sucede con la grandeza del Real Madrid que, escapando hábilmente de la subjetividad que rige todos y cada unos de los juicios y valoraciones acerca del deporte rey, se trata del mejor club del mundo. Es así. Tiene una maldita bandeja de plata al mejor club de un siglo entero que nadie va a volver a recibir hasta dentro de 80 años que así lo acredita. Y además, somos muchos los que empezamos a pensar (temer) que la aún más maldita bandejita plateada que se entregará dentro de esos 80 años no tendrá dueño diferente.

En Barcelona, al otro lado de la barricada, esta supuesta grandeza del Real Madrid siempre la asociamos a esa primera Copa de Europa y a las cuatro siguientes que cayeron de forma consecutiva, conquistadas prácticamente en los albores de los tiempos. Aquello no era fútbol, era un deporte aún sin cambios, sin cesiones al portero y sin tarjetas. No eran, además, los logros del Real Madrid, sino los de un régimen inmoral que había secuestrado a Di Stéfano, cuando volaba en su saeta desde Argentina a Barcelona, en pos de gloria de la madre patria. Mucho se ha escrito en el ya centenario Mundo Deportivo sobre las Copas de Europa en blanco y negro, sobre una competición que por aquel entonces no interesaba a nadie o sobre los supuestos favores arbitrales hacia un país que tenía al fútbol como única válvula de escape de una atmosfera oscura e irrespirable que amenaza con volver. En Barcelona, claro está, poco se hablaba de Puskas, Amancio, Gento o Miguel Muñoz. Ellos tenían poco o nada que ver en las victorias al parecer…

Y el destino se alió con la coartada azul y grana. Durante 30 largos años, el Real Madrid sufrió el desprecio de la Diosa Fortuna y se enterró en el barro europeo para regocijo de nuestro pequeño poblado galo del noreste. Fue tal el alborozo que solo al final de esas tres décadas los miembros de la resistencia se pararon a pensar un ratito y se percataron que seguían sin sumar y que la cuenta continuaba 6-0. Fue Johan Cruyff el que usó la cabeza e intentó cambiar la historia, por cierto. Pero esta es otra historia.

El Barcelona ascendió al cielo de Londres con un zapatazo de Koeman que pasó por el medio de una barrera de décadas de frustraciones un 20 de mayo de 1992. E inició de este modo una carrera en la que cometió la osadía de mirar a los ojos al gigante. Y seguramente esté exagerando. Hasta ahí llegó la aventura. El legado del holandés errante y la bendita insensatez de traer de la otra punta del mundo a un niño que no podía crecer pero que terminó por convertirse en el más grande hicieron que el Barcelona soñara con el trono. Y eso es mucho, es muchísimo cuando enfrente está el Real Madrid. Fue precisamente una camiseta naranja como las de Wembley, traída desde Barcelona por la mismísima Inmaculada Concepción, la que me tiñó la sangre de azul y grana para siempre. Lo que hubiese disfrutado ella de Messi, joder. Puta vida. La historia contará que de hace unos años a esta parte la Diosa Cibeles se enfadó, arrancó su carruaje y puso el listón a una altura que solo sueñan con superar cuatro jóvenes ilusos para cuando sus hijos encaren la vejez. Muy ilusos, porque no sucederá jamás. Jamás. El trono será vuestro para siempre.

Pero hablamos tan solo de Copas de Europa. Y estas, aunque ya no lleguen para contarlas los dedos de esas manos con las que Raúl González mandó callarse o de esas con las que Iker Casillas no mandó callarse, pero calló, al Camp Nou, no explican la grandeza, la superioridad del Real Madrid. No es por eso. No es por títulos. La grandeza del Real Madrid reside en que un equipo cualquiera los baile futbolísticamente en el templo de la magia de la Castellana, pero aún y así terminen ganando en el minuto 90. Pero que esa victoria apenas sirva para maquillar una Liga en la que terminan a casi 20 puntos del Barcelona. De un Barcelona que también  gana una copa en la que el Real Madrid es eliminado por un equipo de barrio a mediados de enero. Pero mientras esto sucede, entre semana allana París, Münich y Turín. Y son los reyes del año. Los reyes del fútbol. Los reyes del mundo.

En el fútbol de la complacencia y el conformismo, en la mayoría de los estadios los partidos terminan cuando en el marcador aparece una diferencia de dos goles. No así en el Santiago Bernabéu, dónde hay vida hasta que el juez sopla tres veces para poner fin a la batalla. En la Castellana o en cualquier lugar, pongamos por caso Lisboa, dónde se encuentren los hijos de la Diosa Cibeles. Y no es esta una virtud exclusiva de los grandes equipos de la historia del Real Madrid. Las dos bandas de desarrapados dirigidas por Fabio Capello que se llevaron dos ligas lo hicieron con el tesón y la perseverancia por bandera. Esto ya no es fútbol, va en la camiseta, en esa corona del escudo que convierte al club en el rey del mundo sean cuales sean las circunstancias. La rebelión contra el destino, contra la lógica, contra todo y contra todos. Al principio lo odiaba, luego empecé a entenderlo y ahora lo admiro. Es por esto por lo que sois los mejores.

Volvamos a esa Lisboa que llenó de lágrimas tantos colchones rojos y blancos. Piqué, por ejemplo, jamás hubiese entrado a cabecear aquel córner con el ímpetu con el que lo hizo Sergio Ramos. Y no es peor jugador por ello, pero lleva en el pecho un escudo que no impulsa a jugar a ser dioses. Un escudo sin corona. Piqué juega como los ángeles, la elegancia hecha fútbol y, si todo va bien, gana y enamora. Pero cuando todo se tuerce, de los escombros de la derrota que se viene encima solo sabe salir el Real Madrid. Es por eso que van 13.

Admito que yo, amante del camino por encima de la meta y defensor de la importancia suprema del cómo por encima del para qué, sentí algo diferente en marzo de 2017. El día en que el Barcelona salió a jugar con una camiseta blanca por debajo de la senyera y le remontó un 4-0 al París Saint-Germain. Y ese algo diferente no fue júbilo, ni entusiasmo, ni siquiera felicidad. Fue envidia. Fue envidia al Real Madrid. Porque eso que para nosotros fue único es vuestra forma de vida. Y negaré ante un juez haber dicho esto, pero mola más. Mola mucho más. Como vamos a superaros jamás si en la noche más mágica de nuestra historia el primer sentimiento que se despierta en nuestro interior es envidia hacia vosotros? Nosotros jugamos al fútbol, vosotros sois el fútbol.

Y el odio que algún día pudo haber ha muerto. Y eso es horrible. Algunas personas piensan que no se debe sentir odio. No es cierto. La ira es una emoción de la naturaleza del hombre. Sentir ira es natural. No tener control sobre ella, aunque peligroso, es fascinante. Odiar es un impulso. Odiar de manera visceral. Odiar desde dentro. Sentir antipatía, aversión y repulsión hacia alguien con el deseo y fin de evitarlo, limitarlo y destruirlo. A menudo se dice que el odio es el síntoma del miedo. No, ni mucho menos. El odio es síntoma de estar vivo, como es el amor. Es la paradoja del amor y el odio. Un ardor que se propaga sin descanso. Y es que odiaros, como amaros, siempre resulta un placer.

Os contaré otra anécdota, de la época en que comenzaba nuestro tan odiado fútbol moderno. En mayo o junio de 2007 supongo que está ubicada, el día del famoso tamudazo. Me encontraba yo llamando a las puertas de la gloria viendo el Zaragoza-Real Madrid cuando un gol de  Van Nistelrooy me puso en alerta. No pasaron, como a buen seguro recordáis, ni 15 segundos hasta que en las pantallas de todos los televisores apareció parpadeante el puñal que el otro Raúl acaba de clavar en el corazón de todos los culés. Tras unos muy breves instantes de zozobra, haciendo cuentas con los dedos, y pasados unos escasos segundos de ira por la crueldad de la situación, sonreí. Si, sonreí. Porque acababa de pasar lo que tenía que pasar. El rival era el Real Madrid, era obvio que tenía que ser así. Acababais de ganar una liga en el último minuto, con poco más de setenta puntos, y gracias a un equipo pequeño (me van a llover palos) haciendo los deberes por vosotros en el Camp Nou. Pero el peso de todos estos factores no resta credibilidad al Real Madrid. Al contrario, os legitima. Todo eso habéis sido siempre: el aura que os rodea, ese algo que no tienen los demás. Sois Los Ángeles Lakers del fútbol.

Nuestra gran aportación a la historia de este juego fue, como ya he comentado, ponerle una camiseta azul y grana a un niño de Rosario que soñaba con ser Maradona. Y en una alineación celestial sin precedentes llegó al banquillo un genio con olor a colonia que sacó lo mejor de él. El Barcelona fue la envidia del mundo durante cuatro años. Jugó como los ángeles. ¿Y? Vuestra gran hazaña es que tras los años del Barça de Guardiola los niños siguen queriendo ser del Real Madrid. Y es normal. El fútbol de salón provoca un regocijo personal para los amantes del fútbol que es lo más parecido a un orgasmo. Pero la victoria, ¡ay la victoria! La victoria es la que proporciona el derecho a la burla, al trono, la superioridad frente al compañero del pupitre de al lado. Y eso no hay baile, ni rondo, ni baño que lo pague.

Desde la más profunda admiración, desde la envidia, solo un pero. En un momento de vuestra historia, seguramente el único en el que los enemigos de azul y grana soñamos de verdad con asaltar vuestro Olimpo, vendisteis vuestra alma al diablo. Entregasteis a un loco de Setúbal el timón de una nave que no estaba a la deriva. Zozobraba, claro que sí, todo se tambaleaba alrededor del Barcelona de Guardiola, pero competiáis con una dignidad que durante tres años tenebrosos quedó en entredicho. Como no podía ser de otra forma, y quizás por ello la bajada a los infiernos no fue casualidad, el Real Madrid resurgió como era de esperar del club de los elegidos: arrasando el continente. Esta es vuestra última gran pica en la historia de este juego hasta la fecha. Todo el mundo decía que era imposible ganar dos Copas de Europa consecutivas en el (odiado) fútbol moderno. Y, bien pensado, era obviamente cierto: el único con la categoría suficiente para hacerlo no se iba a parar en dos. Casi que doy gracias de que no haya emulado los 50 y se haya quedado en tres…

La guerra es otra. Aquí los demás no buscamos el trono absoluto, sino el trono de los mortales. Dentro de 80 años el Real Madrid va a recibir otra placa, esto roza la obviedad. Al otro lado de la barricada, solo aspiramos a la dignidad. No somos peor club que la Juventus, que el Bayern de Münich o que el Manchester United. Pero las comparaciones primeras siempre son con el vecino del piso de al lado. De arriba, en este caso. Y ahí estamos hundidos. Estos equipos tienen rivales que aprietan. A nosotros el nuestro nos ahoga. Nos acompleja. Nos oprime. Nos hace preferir su derrota a nuestro triunfo. Y sin embargo, y este es nuestro drama más oscuro y vuestro éxito más rotundo, no os podemos odiar. Porque esto es fútbol. Y el fútbol es el maldito Real Madrid.

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