Christiania Sport Club: You’ll never smoke alone

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Enrique Roldán Cañizares

Lo más normal del mundo es que en la previa de un partido de fútbol huela a grifa. Es más, el que vaya todos los domingos a ver a su equipo y nunca haya sentido ese olorcito a hachís o a marihuana es porque ve el fútbol en los palcos V.I.P. Reconozcámoslo, por aquí gustan los porritos, gustan tela, y eso tiene su reflejo en los campos de fútbol. No obstante, hay otro país en el que la cosa va más allá, y no hablo de Jamaica ni de Holanda, no señor, hablo de Dinamarca. Famosa a partes iguales por vender galletas en unas cajas metálicas que todas las abuelas han usado como “caja de la costura”, y por tener un barrio, medio hippie-medio bohemio, que llama la atención de todos los viajeros que se adentran en Copenhague, la bonita pero sosa capital danesa.

Más de uno y más de dos sabrán que me estoy refiriendo a Christiania, un experimento social bastante curioso que desde 1970 se erige como barrio independiente a escasos metros del centro de Copenhague. El origen del barrio hunde las raíces en el 26 de septiembre de 1970, cuando unos padres derribaron las vallas de unos terrenos militares abandonados. El objetivo en un primer momento no fue el de crear una sociedad independiente, ni siquiera lo tuvieron en mente. Lo único que pretendían era tener una zona verde en la que sus hijos pudieran pegarse carreritas sin que les multaran por cruzar los pasos de peatones en rojo, algo de lo que me advirtió un danés cuando vio que me saltaba felizmente los semáforos mientras los demás me miraban de reojo y con algo de mala cara.

Yo no estoy hecho para esperar semáforos aunque no vengan coches, así que me encajé en el único reducto de anarquía danesa: el barrio libre de Christiania. Uno entra allí sin saber muy bien qué va a encontrarse, puesto que las fotos en su interior están prohibidas, pero bastan cinco minutos para darse cuenta de que aquello, tal y como reza
el cartel de la entrada, no es la Unión Europea. Tras unos puestecitos de collares y pulseras das de bruces con el meollo de Pusher Street, la zona en la que se vende porros a mansalva. Además, no se debe pensar que aquello es un callejón donde un tío con gabardina te vende un trocillo de hachís seco, para nada. Allí puedes encontrar una gran cantidad de puestos donde, ataviados con guantes y alicates para cortar las ramitas puñeteras, los “camellos christianos” cortan y pesan el material mejor que en un coffee shop holandés o en las 3000 viviendas de Sevilla.

La verdad es que todo aquello me pareció surrealista. Pasé de largo (o no) y me senté en la zona de los bares, donde puedes comer y beber cerveza artesanal por muchísimo dinero. Que nadie se engañe, aquello es hippie, pero muy caro. Creo que con Christiania ocurre un poco como con la idea del Sankt Pauli que Carles Viñas nos ha vendido como la panacea del fútbol moderno. Yo veo poca solución tanto en un caso como en otro: el planteamiento que ofrecen es transgresor, pero al final necesitan venderse para sobrevivir. Como no tenía dinero bastante para sostener toda la economía de Christiania decidí darme una vuelta y conocer las bondades de aquel barrio. Paseos verdes que se entrelazan con un lago que dios sabrá cuántas bombitas de la época de los militares cobija en el fondo, casas construidas por los propios lugareños y algunos edificios donde hacen trabajos artesanales. Cuando creía que no había nada más que rascar en aquel ambiente tan bucólico me encontré con un campito de fútbol, y ahí pensé para mis adentros: “Ojo, que son fumetas, pero si a Bob Marley le apetecía echarse una pachanguita cuando cogía un buen cebollón». ¿por qué no va a hacerlo esta gente?

Me di cuenta de que muy cerca del campo había una tienda de un club de fútbol. ¿Qué coño hacía aquello allí en medio? ¿En serio tenía un equipo aquella gente? Pues sí, no solo vendían hachís y cervezas artesanales, sino que desde el año 1982 contaban con el Christiania Sports Club, un equipo de fútbol cuyo lema es “You’ll never smoke alone”, casi nada. Me metí en la tienda y compré lo que la economía me permitió: una bufanda, una postal y un mechero. Las camisetas estaban agotadas salvo la talla L y costaban más que las del Copenhague y el Brondby juntas, así que me contenté con aquellas tres cositas y empecé a darle cháchara a la muchacha que trabajaba en la tienda,
la cual, se estaba fumando un porro más grande que mi cabeza.

A pesar de mi “descontento”, si es que podemos llamarlo así, por la mercantilización de Christiania y de su equipo de fútbol (no olvidemos, casi 100 € la camiseta) aquella dependienta hizo conmigo una labor de captación increíble. Me contó que a pesar de que allí había un campito de fútbol, el equipo jugaba y entrenaba en unos terrenos que pertenecían a la Federación Danesa, pero que esa era la única relación del equipo con lo que podríamos considerar fútbol moderno. Compartió conmigo, casi como un secreto, que hoy en día los jugadores son un poquito más formales y ya no fuman en el descanso, pero que es muy normal que se fumen sus porritos camino de los partidos. Pero si tienen un autobús con el You’ll never smoke alone, ¿cómo van a dejar que el utilero se los fume él solito? Con lo peligrosas que son las bajadas de tensión y los consiguientes amarillos…

Pero no debe pensarse que el Christiania Sport Club es un equipo que incita al fumeteo. Nada más lejos de la realidad, el fútbol es para ellos un modo de luchar contra las críticas que, por incomprensión y desconocimiento, reciben de parte de muchos sectores del país. Así, cuentan con seis equipos (dos masculinos, dos femeninos, uno de veteranos y otro de viejas glorias donde tiene toda la pinta de que juegan al trote cochinero) y plantean el fútbol como una forma más de estar en paz con el cuerpo y la naturaleza. El primer equipo juega en la Quinta división danesa, nada mal si tenemos en cuenta los pulmones que hacen falta para correrse un campo de punta a punta, y de vez en cuando alegra a sus aficionados (los cuales sí fuman durante todo el partido) participando en alguna eliminatoria de Copa.

Hubo una época, cuando todavía sí fumaban durante el partido, en la que el derbi del Christiania enfrentaba a estos alegres fumetillas con el equipo de la policía. No me quiero imaginar la tensión contenida en la grada ni lo que le entró por el cuerpo al perro policía que se acercó al campo para acompañar a su dueño, el centrocampista creativo
del equipo madero. Pero la verdad es que cada vez que se vieron las caras sobre un campo verde (de correr, no de fumar) tanto los jugadores christianos como sus aficionados siempre demostraron un saber estar y una compostura digna de su modo de vida. Aquellos partidos contra la policía, así como los que siguen jugando hoy con equipos del extrarradio de Copenhague, sirven para confirmar lo que vienen demostrando desde que el barrio se erigió independiente en 1970: que otro mundo es posible y que el fútbol, aunque eso implique «fumaitas» en los descansos, tiene que volver al pueblo.

Texto y fotos Enrique Roldán