La loca aventura ochentera, Hellas Verona

Miquel Sanchis

Los imprevisibles años ochenta le dieron al fútbol un buen puñado de hazañas. Todavía con la resaca de las dos Copas de Europa del Nottingham Forest de Brian Clough, en Inglaterra el Aston Villa se entrometió en la hegemonía del Liverpool, y el Ipswich Town hizo también de las suyas, ambos lograron levantar títulos europeos. La década en España comenzó con los mejores años del fútbol vasco, con la Real Sociedad ganando dos Ligas, algo que después también conseguiría el Athletic Club. En aquellos tiempos en que cualquiera jugaba de tú a tú contra cualquiera, el Hamburgo levantó su última Bundesliga y su única Copa de Europa. Los años 80 respiraban efervescencia, y en lo que el fútbol respecta, una tremenda igualdad hoy en día añorada, nostálgicos nos llaman. La Serie A, la liga italiana, fue la competición donde comenzaron a recalar las principales figuras del fútbol mundial, y un equipo con el que nadie contaba, el Hellas Verona fue capaz de levantar un scudetto de manera tan espectacular como inesperada.

Era la temporada 84-85, la Juventus contaba con Platini, Rossi o Boniek, el Internazionale daba guerra con Rumenigge y Altobelli, los goles del Milan tenían el acento inglés de Hateley, Wilkins o del bigotudo Virdis , la Roma contaba con Falcao y Cerezo, la Fiorentina no estaba coja con Passarella y el doctor Sócrates, y Diego Maradona había desembarcado en Nápoles… hasta el Udinese contaba con otro 10 de leyenda, el brasileño Zico. Por todo ello, la machada del Verona es considerada una de las mayores hazañas de la historia del fútbol.

Toda una aventura «gialloblu» la del club de una ciudad que siempre se dejó llevar por la pasión y la locura. Romeo y Julieta, el balcón, el amor, siempre serán referencia de un lugar donde parecía que el balón nunca tendría importancia alguna. Y eso que el Hellas Verona es uno de los clubes más históricos de Italia, con un nombre que nos transporta a la antigua Grecia, escogido por un profesor y sus alumnos cuando se fundó en las aulas el mayor club de la ciudad. Pero la entidad vivió hasta la década de los ochenta entre la modestia y la mediocridad, y los aficionados del estadio Bentegodi veneraban a un único Dios, Gianfranco Zigoni, un excéntrico y mágico futbolista con pelo de clown que era capaz de sentarse en el banquillo vestido de cowboy. Fue él el más loco que hubo, el genio y chiflado futbolista que enamoró a una ciudad con sus goles y su carisma; una vez volcada Verona con el fútbol, la historia más bella y más romántica estaba por llegar al Calcio .

Era 1981, el club se hartaba de ser un equipo ascensor, incluso temía por descender a la Serie C, y un emblema del club Emiliano Mascetti, llegaba como director deportivo y traía consigo a otro ex-jugador para que tomara las riendas del vestuario, Osvaldo Bagnoli. En la primera temporada en el club, la 81-82, se consiguió el ascenso a la máxima categoría, y juntos diseñaron un equipo competitivo a base de futbolistas sobrantes de los grandes, el único objetivo: consolidarse en la dura Serie A y asomarse a las competiciones europeas. Parecía tarea imposible para un club con unas instalaciones obsoletas, que poco tenía que ofrecer a esos jóvenes futbolistas llegados de clubes mayores, algunos hasta compartían piso, aunque esto hizo grupo y unió al vestuario. Pero para poder competir, faltaba un futbolista de los que atraen a la gente al estadio, faltaba una referencia, un pelotero que enganchara a la afición, y el elegido para encabezar el proyecto del Hellas Verona en la máxima categoría fue el brasileño José Dirceu, futbolista con «sex-appeal» procedente del Atlético de Madrid.

La primera temporada en Serie A no le fue nada mal a los de Bagnoli, un notable cuarto puesto y el subcampeonato de Copa, perdiendo en la final ante la Juve. La siguiente temporada, ya en la 83-84, se volvió a la final de Copa, perdiendo esta vez ante la Roma, otra vez por la mínima. Faltaba poco para materializar el sueño veronés. Así, que en la temporada 84-85 Mascetti y Bagnoli echaron el resto, y contrataron al delantero danés Preben Elkaer Larsen, procedente del Lokeren belga, que venía de hacer una buena Eurocopa con la dinamita roja, y al defensa alemán Hans-Peter Briegel, puro músculo procedente del Kaiserslautern. El Hellas Verona se hacía fuerte, y Osvaldo Bagnoli lo tenía claro, «un pase y un gol», juego directo, nada de tocar el balón tontamente, un modelo de juego sencillo y básico, pero tremendamente ordenado, que pronto iba a dar sus frutos.

Porque el Verona logró el scudetto de manera espectacular, partido a partido iba sacando el resultado y lejos de caer como presagiaban los entendidos, cada vez se mostraron más y más convencidos, y sin miedo a las alturas, terminaron el año 1984 sin conocer la derrota y con tan solo 4 goles encajados, una auténtica locura. A mitad de la temporada tan solo el Avellino había conseguido derrotar al conjunto «gialloblu», el sueño era posible.

Osvaldo Bagnoli era un hombre tranquilo que entre las cuatro paredes del vestuario se crecía y se convertía en un tiránico motivador. No le fue difícil convencer a los suyos de que la liada podía ser muy gorda, y el equipo supo competir en los partidos clave, que tuvieron sus momentos mágicos, como la parada de dibujos animados del portero Garella ante el Milan, el golazo de Elkjaer Larsen descalzo ante la Juve, el empate de Briegel ante el Inter, el espectacular 3 a 5 ante el Udinese, o el golazo de Di Gennaro a la Vecchia Signora. El equipo no daba el bajón, y el título se conquistó el 12 de mayo en Bergamo, al empatar contra una poderosa Atalanta. La alineación de aquel equipo todavía se recita de carrerilla:

Garella, Ferrari, Tricella, Fontolan, Fanna, Volpati, Briegel, Di Gennaro, Marangon, Elkjaer Larsen y Galderisi, los héroes de la aventura más loca del calcio jamás contada.

Con el scudetto del 85 Verona fue éxtasis y frenesí, pero no se pudo consolidar aquel equipo casi invencible. Los principales jugadores fueron contratados por los grandes, a pesar de ello, el equipo pudo llegar lejos en Copa de Europa, pero se enfrentó con la Juventus, que disputó la competición por ser el vigente campeón de Europa, y en una eliminatoria muy polémica, el Hellas terminó con Elkjaer expulsado y con el entrenador Bagnoli tachando a la Juventus como «equipo de ladrones». No terminó ahí la aventura europea del Hellas, que en la 87/88 llegó hasta cuartos de la UEFA, siendo derrotados por el Werder Bremen. En 1990, el equipo volvió a los infiernos.

Por años el Hellas fue la envidia de Italia, Verona todavía puede decir orgullosa que es la única ciudad italiana que sin ser capital de provincia ha podido lograr un scudetto, y es que aquel equipo fue detalle y obsequio para el fútbol puro. Fue el chupito de limoncello en una cena romántica, fue el billete olvidado en el bolsillo de una vieja chaqueta, fue la Teta Enroscada antes del anochecer, el tachón que no quieren ver los maestros, el grito de Romeo, el pezón de Sabrina, el deseo y la campanada, la sorpresa, el expresionismo abstracto, la estrella fugaz en un oscuro cielo pintado de estrellas, el atrevimiento y el premio a la constancia y el trabajo bien hecho. Una loca aventura de cuando el fútbol era fútbol, y nada más.