Veranos indómitos

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Óscar Gómez

Entonces contaba, y saboreaba con avidez, aquellos últimos días de las vacaciones de verano. Los ‘flases’ sabían a limón y cola, y no caducaban nunca.

El sol aún pugnaba por mantenerse erguido y perpetuar así aquellas tardes indómitas, de travesuras en ocasiones punibles. Parpadeaban los focos del estadio y, con desidia, comenzaron a iluminar el césped. El viejo Zorrilla olía a Farias, asfixiando el aire, a ‘cacaués’, pipas de girasol y de calabaza. Y un señor subía y bajaba escaleras vendiendo coñac en vasitos de plástico.

Mi padre no me permitía bajar a aquellas nauseabundas letrinas y, si tenía ganas, tenía que contenerme hasta el final del partido y luego mear en la campa, fuera del estadio. De pie, en aquella general de peldaños mínimos, apretujado y luchando por abrir un claro en la espesura, tenía que desabrocharme el pantalón y no paraba quieto, convulsionado. La hinchazón a veces era insoportable.

Trataba de no pensarlo y concentrarme en lo que pasaba en el césped. A veces me distraía descodificando el marcador simultáneo, sin equipos, con los resultados en clave de publicidad.

El cero a cero hizo crecer mi tensión. Corría la segunda parte y el balón salió despedido fuera del área. Gilberto Yearwood lo recogió, lo acomodó a su bota blanquinegra y lo empaló con tal potencia que al chocar con el larguero el sonido impactó en mi corazón como un disparo seco a quemarropa.

Salté extasiado. Aquel casi gol fue una liberación, incluso para mi vejiga contenida.

Al poco rato, el sol cedió al ocaso y aquel verano incontenible llegó a su fin.