Fútbol de toda la vida

Miquel Sanchis

Hay un fútbol de tirar líneas y revisar acciones, de caídas en el área ante cualquier contacto, de pequeños agarrones que terminan en penalti de fotografía. A todo esto le sigue la polémica semanal que durará toda la temporada, los mil y un «twitts» y las discusiones estériles de los sabiondos del fútbol negocio y de consumo, y es martes, y no paran. Y los panfletos llenan papel y papel, incluso crean equipos de investigación express para encontrar a los amigos del árbitro de turno que tienen un bar o una peña en Benidorm o no se qué, periodismo al nivel de nuestra gran Liga.

Pero hay otro fútbol, de guardar el material y no olvidar las fichas, de mirar al cielo de martes a sábado para saber como cuidar el pasto, hay un fútbol con aroma a césped natural, con un verde demasiado largo para un tal Xavi Hernández quizás, hay un fútbol de campazos entre prado y prado, de barro y líneas de cal pintadas con carretilla. Hay un fútbol que se borra pero no se olvida, todavía hay un último reducto de futbolistas y de aficionados, pues el fútbol del norte evoca la épica e invoca a las más grandes batallas de pueblo, que durarán siglos.

Al partido del domingo en el Municipal de Miramar solo le faltó un Mikasa. Allí se enfrentaban dos históricos equipos asturianos ahora en Segunda B, el local Marino de Luanco y el más que centenario Club Lealtad de Villaviciosa. El fútbol asturiano mola más que la primera, y tan solo quedó la desdicha de no haber podido presenciar tan noble partido perdido entre el público que no pudo entrar a ver a su equipo, cosas del fútbol pandémico. La modernidad te acerca el fútbol de segunda B a tu sofá un domingo por la mañana en la soleada Barcelona. Desde mi butaca V.I.P. pude presenciar un partido de los que gustan, mirando, también con cierta envidia, la gran multitud de casas desde cuya ventana se puede disfrutar de un partido en el vetusto campo de Luanco, quien pudiera vivir allí.

Locales azulados, y visitantes de amarillo y pantalón blanco. Las intensas lluvias de la semana provocaron que el campo cada vez fuera cambiando el verde por el marrón barro. Con el terreno de juego resbaladizo, el fútbol fue ganando en intensidad. Partido bronco también, de «recaditos», piernas sueltas y pequeñas tanganas desde el minuto 1. También de entradones y mucha bronca que no le ponían nada fácil al colegiado su labor arbitral. «Menos mal que no hay público» pensaría el del pito, que no dudó en sacar tarjetas para rebajar la tensión latente en cada acción.

Y el partido fue un combate, de idas y venida, muchas veces con el lanzamiento del balón al área como recurso por el cada vez más impracticable terreno de juego. Cada falta lateral era un peligro terrible, cada saque de banda se convertía en un córner. Balones a la olla, contraataques directos y también jugadas de clase y bien combinadas de los dos equipos a pesar de todo. El azul del Marino cada vez más oscuro, casi negro, el pantalón de los leales abandonó el perezoso blanco y se convirtió en un luchador marrón grisáceo. El fútbol se teñía del color del fútbol auténtico, y como no, llegaron los goles que no podían faltar en tan emocionante envite.

En los primeros minutos los locales asediaron y fue Mendi quien en el minuto 7 abrió el marcador. Pudo meter el segundo el Marino, pero el Lealtad fue de menos a más y en el minuto 34 empataba la contienda con una jugada inesperada en que René Pérez terminó mandando el balón a las mallas. También hay agarrones en el fútbol modesto ojo, y el árbitro vio uno en el área visitante para señalar penalti en el último minuto del primer periodo. Gol, los azulones se iban al descanso con el resultado a favor, los amarillos se quejaban.

En el segundo tiempo subió todavía más el nivel de intensidad, y una excelente jugada del Lealtad terminó con gol de uno de sus bichos, Maissa Fall, que el domingo estuvo omnipresente. Hay bichos impresionantes en Segunda B y Tercera, que no se piense la gente que solo tienen cuerpos de atleta los de Primera, hay verdaderos profesionales y mucho músculo en los pastos de bronce. Con el 2-2 recién subido al marcador, Luís Morán, capitán luanquín, vio dos tarjetas amarillas de manera consecutiva y dejó a su equipo en inferioridad numérica. Había mucho tiempo por delante y cualquiera pensaría que el Lealtad iba a encerrar a su rival en su área para llevarse los tres puntos. No fue así, controló bien el partido el Marino de Luanco a pesar de jugar con uno menos, incluso tuvo alguna, entre medias discusiones y un juego duro que me enganchaban a la pantalla. En el tiempo añadido, ya con un empate sin remedio, el visitante René Pérez vio también su segunda amonestación y el partido terminó empatado también en el número de efectivos. 10 contra 10, 2 a 2, y uno se imagina llegando a un pequeño vestuario a esos guerreros sudados y cubiertos de barro, hasta podía imaginar el sonido de los tacos, y esas marcas que luego quedan en las paredes como si pinturas rupestres fuesen, y es fútbol de toda la vida.

Crónica del Marino Luanco- Lealtad de Villaviciosa. Hubo casi de todo lo que gusta al aficionado, fútbol de verdad.