Kaiserslautern, el infierno

Miquel Sanchis

Ya tan solo quedan unas piedras de lo que fue el castillo que allá por 1160 el emperador Federico I, alias Barbarroja, mandó edificar en lo que más tarde se convirtió en Kaiserslautern, ciudad alzada entorno al incomparable castillo. Situada en el corazón de Europa, la ciudad viviría demasiadas guerras y conflictos, algo que también marcaría el carácter de un club que tan pronto sube al cielo como desciende a los infiernos.

Algo más de una veintena de jóvenes de la localidad alemana decidieron fusionar a sus dos equipos, el Germania 1896 y FG Kaiserslautern, el 2 de junio de 1900. Aquella fusión sería la semilla de lo que hoy conocemos como FC Kaiserslautern, que en su primera década de vida absorbería a otros equipos de la ciudad para convertirse en el club más poderoso de la región y, con el tiempo, en los temidos diablos rojos.

«Fritz Walter fundó la ciudad de Kaiserslautern»

Esta frase se hizo popular en Alemania al escribirla un niño en una pizarra, y es que si el club dio un giro a su historia fue gracias al legendario futbolista germano.

Nacido en 1920 en la propia Kaiserslautern, Fritz Walter era un virtuoso del balón. Poseía una inteligencia futbolística y una visión de juego impropias para la época, y destacó primero como delantero del equipo y más tarde como centrocampista aprovechando su manera de leer y entender el juego para actuar como cerebro de un equipo imbatible cuando en Alemania todavía no existía un campeonato nacional, y se disputaban ligas regionales. Pero su carrera se vio interrumpida por la Segunda Guerra Mundial, y el excepcional futbolista, a pesar de ser ya internacional, fue reclutado por el ejercito y combatió en el conflicto bélico como paracaidista. En 1945, El Ejército Rojo lo capturó y lo hizo prisionero. El fútbol le echó una mano cuando a punto de ser enviado en un tren hacia la fría Siberia un soldado húngaro lo reconoció «Yo te conozco. Hungría 3 – Alemania 5. Budapest, 1942. Marcaste dos goles».

Su nombre desapareció de la lista de presos, dribló aquel tren de la muerte y pudo volver a Kaiserslautern para poner a su amado club de fútbol en el mapa.

Al regresar a la vida y al fútbol, maravilló con su fútbol mágico y llevó al equipo a conquistar el ya campeonato alemán en 1951 y 1953. En 1954 logró, además, proclamarse campeón del mundo en Berna precisamente ante Hungría, levantando él mismo el trofeo. Doble milagro para quién una década antes hubiera podido convertirse en nada.

33 goles en 60 partidos con la selección, 357 goles en 364 partidos durante su carrera en el Kaiserslautern, su único club, nos acercan a las dimensiones de lo que fue un futbolista espectacular, de los mejores de su época, y probablemente de los menos reconocidos de la historia. Los altibajos persiguieron al club tras su retirada, pero gracias a Fritz Walter se obtuvo un reconocimiento que valió para ser incluido entre los 16 miembros fundadores de la Bundesliga. A pesar de ello, hubo sequía de títulos hasta que en los años 80 el club de los diablos rojos volvería a convertirse en un equipo temido.

Personalmente todo lo que venía de Alemania causaba un cierto terror y mucho respeto a un niño al que palabras como Kaiserslautern le sonaban muy potentes. El Kaiserslautern, te ha tocado el Kaiserslautern, no sé, no es lo mismo que si te toca el Cluj, el Molde o el Lejía, y en la década de los 80 el equipo germano se convirtió en un coco tanto en Alemania como en Europa.

El terror invadía a los equipos que pisaban el suelo de Kaiserslautern, en los cuartos de la Copa de la UEFA de la 81/82, el Real Madrid de Boskov llegó con una ventaja de 3 a 1 de la ida disputada en el Bernabéu; pero la vuelta, disputada el 17 de marzo de 1982, se convirtió en una tortura para el club blanco que se vio superado por los diablos con una histórica manita, 5 a 0.

En 1983, el Bayern de Munich, ya dominaba con cierta autoridad el campeonato germano. Pero había un sitio que se le resistía, el Betzenbergstadion, feudo del Kaiserslautern donde el gigante bávaro contaba sus partidos por derrotas desde hacía años. Paul Bretiner, «el Kaiser Rojo», campeón del mundo en 1974 y futbolista del Bayern llegó a decir «les damos los puntos por correo» pues parecía que nunca podrían conquistar el infierno. Pero el ingenioso entrenador Udo Lattek decidió vestir al Bayern como la Brasil del 82, y solo así, hipermotivados y disfrazados de canarinha pudieron lograr al fin la victoria ante el temido Kaiserslautern.

En 1985, el vetusto y vasto Betzenbergstadion, lugar donde el diablo infligía su maldad, cambiaría su nombre por el de la leyenda Fritz Walter.

Le trajo suerte al club el bautismo del estadio en honor a su gran leyenda, y en 1991 lograron su primera Bundesliga. Aquel éxito le llevó a disputar la Copa de Europa, cuando solo disputaban el máximo título continental los campeones de liga. En su camino hacia la final de Wembley, el Kaiserslautern se las vio con un equipo de ensueño, el Barcelona de Johan Cruyff que quería levantar su primera orejona. Los azulgranas vencieron en la ida por 2 a 0, y no esperaban el sufrimiento que iban a conocer en Alemania. 3 a 0 ganaba el Kaiserslautern cuando en el último suspiro Ronald Koeman envía un balón a la olla hacia la cabeza de Jose Mari Bakero que saltó a cielo para introducir el balón por el segundo palo. El vasco apagó el humo de las bengalas del infierno, quien sabe dónde hubiera podido llegar aquel Kaiserslautern de aparecer Bakero en su camino.

A pesar del mazazo, durante los 90 el club siguió siendo uno de los rivales a batir en el fútbol germano, ganó la Copa en el 96 (ya la había ganado también el 90) y volvió a levantar la Bundesliga en el 98 con un equipo compuesto por viejas glorias como Andreas Brehme, futbolistas del talento de Ciriaco Sforza, Pavel Kuka u Olaf Marschall y jóvenes promesas como Michael Ballack.

Pero hoy, 120 años después de su fundación, los diablos arden en su propio infierno, actualmente juegan en la Tercera División Alemana y comidos por las deudas es muy posible que la institución y el Fritz-Walter-Stadion pasen a convertirse en ceniza. Cualquier tiempo pasado fue mejor en la ciudad de Barbarroja, en el club que aterrorizaba a toda Europa.