No dejaré nunca de creer

Miquel Sanchis

El Barça-Atlético de Copa y el gol de Pizzi, la épica remontada del Valencia en el Camp Nou tras ir perdiendo 3-0, una eliminatoria ochentera de Recopa entre Dynamo de Dresden y Bayer Uerdingen, la final del milagro de Barcelona en la que el Manchester United remontó al Bayern en el descuento arrebatándole in extremis la Copa de Europa, o la de Istambul, en la que el Liverpool remontó al Milan una final que tenía más que perdida. Y desde ayer, el Nàstic-Andorra del 15 de noviembre de 2020.

Porque el partido que disputaron ambos equipos un atípico y soleado domingo debería pasar a los anales históricos de un deporte imprevisible llamado fútbol. Ahora mismo, si tuviera que recomendar los últimos 20 minutos de un partido, de todos los que he visto en mi (creo que rica) vida futbolera, recomendaría lo sucedido en el Nou Estadi de Tarragona en la mañana de ayer. «Fútbol es fútbol», «qué bonito es el fútbol» , «los partidos duran 90 minutos» o «hasta que no pite el árbitro el final puede pasar de todo», son algunas de las típicas frases que la sabia gente del fútbol de a pie repite constantemente cuando presencia unos acontecimientos como los ayer ocurridos, estos tópicos mantienen vivo el fútbol. Porque 0-2 perdía el Nàstic cuando se quedó en inferioridad numérica con 18 minutos por delante, y además, sin el calor de su afición. Cuando parece todo perdido cualquier equipo arrojaría la toalla, el cuadro grana no lo hizo, y su mentalidad ganadora obtuvo premio, 4 a 2 terminó imponiéndose a un Andorra desquiciado, en uno de los finales más maravillosos jamás vistos o contados.

Bajo un sol veraniego salieron los dos equipos al terreno de juego con ganas de tratar bien el esférico. Los locales con su clásica indumentaria: camiseta grana, pantalón blanco y medias negras, preciosa equipación. Los visitantes guardaron en el cajón su original tricolor para vestirse de amarillo chillón, algo muy habitual en el fútbol contemporáneo (a ver cuando termina esta moda ciclista). Segundo contra tercero, partido que auguraba buen fútbol y dos equipos que en los primeros minutos ya mostraron sus credenciales, apuesta por el dominio del balón, no rifar ni un pase y presión muy alta en campo contrario. De hecho, el Nàstic gozó de una gran oportunidad de gol en el primer minuto de juego, con un balón al larguero tras paradón de Bañuz y un remate que sacó un defensa bajo palos. Inexplicablemente, la pelota no entró, pero los locales siguieron intentándolo. El Nàstic de Toni Seligrat es un conjunto que te asfixia a lo Liverpool de Klopp, te muerde y te aprieta, te presiona, y sus incansables hombres te achican cada vez más, arrinconándote en tu área. El Andorra de Nacho Castro, es otro equipo bonito de ver. Su salida de balón es para enseñar en las escuelas y el buen juego de pies del portero Bañuz ofrece la posibilidad de mimar el esférico desde atrás, sin apresurarse. Pero el empuje de los 10 primeros minutos de los locales provocaron que los andorranos, por inercia (y por respeto) jugaran a expensas del rival.

Y fue en el minuto 25 que el visitante Carlos Martínez definió de magistral tiro cruzado una buena jugada del Andorra tras robar el balón en la medular. 0-1, prácticamente en la primera llegada con peligro al área rival. A partir de ahí, el bloque andorrano se mostró cada vez más sólido y consistente y no daba opción a ningún remate local, parecía todo controlado; más, cuando a los tres minutos de la reanudación, Rubén Bover aumentaba la distancia con un tiro lejano a la base del poste, 0-2, más difícil todavía para el Nàstic.

El premio a la constancia siempre aparece en el fútbol y en la vida, y el Nàstic siguió intentándolo, y tratando bien el cuero, pero en el minuto 68 Albarrán se pasó de frenada y vio la roja directa en una de esas jugadas en que si llegas tarde puedes ver la roja. Ahora ya sí que el choque parecía sentenciado, los aficionados del Nàstic que veían el partido desde donde podían (detrás de una valla que colindaba con el estadio se podía ver a un grupo) lo contemplaban con resignación. 0-2 y con inferioridad numérica, ante un Andorra que no cede ni un espacio, que se organiza a la perfección y que te machaca a la contra, imposible sacar algo.

Pero la expulsión provocó un cambio de chip no previsto. El Nàstic lejos de pedir clemencia atacó a la cara a su rival, metió a sus nueve futbolistas en campo contrario y acechó la portería andorrana. El trotaclubes Gerard Oliva anotó de vaselina, y a los andorranos comenzaron a temblarles las piernas. En cada jugada se podía sentir que unos jugaban con tantas ganas de remontar que conseguirían la remontada, y por contra, los otros jugaban con tanto miedo a perder que terminarían perdiendo. Y así fue.

Roger Brugué, una especie de Lautaro de la categoría, anotó un gol a lo Luis Suárez, a lo Quini, a lo Cruyff, a lo Van Basten, creo que uno ya se puede imaginar el acrobático remate que supuso el 2 a 2 en un partido loco al que todavía le quedaban once minutos taquicárdicos. Pudo anotar el Andorra, al que le invalidaron el 2 a 3 por un fuera de juego. El no gol dio más alas al Nàstic que acosaba a su rival, cualquiera hubiera dicho que era el Andorra el equipo en inferioridad numérica y, en el minuto 89, la confianza obtuvo el premio, cuando Quintanilla remató a la red un balón que había quedado muerto en el área. Éxtasis y locura en un majestuoso Nou Estadi vacío que proyectaba eco con los gritos de los sufridos futbolistas de su equipo ¡Qué locura es el fútbol! gritaba el narrador de Footters.

A un Andorra desesperado todavía le guardaba lo peor, medias tanganas en los minutos de la basura y el remate final, el 4 a 2 en el descuento, anotado de nuevo por «Lautaro Brugué», ayer rey de un estadio vacío y lleno a la vez. Porque algunos acostumbramos a predicar que todo lo que ocurre en un terreno de juego es aplicable a lo que ocurre fuera, que las cosas cambian si cambias la manera de ver las cosas, que todo lo que se aprende en el fútbol vale para la vida, y este Nàstic-Andorra sin duda debería enseñarse tanto en las escuelas de entrenadores como en las aulas de la facultad de psicología. Puro fútbol y pura vida, 18 minutos de disfrute del undécimo arte, 18 minutos que suben la moral a cualquiera que pueda pensar que todo está perdido. 18 minutos de Segunda B. Ante las adversidades, no dejaré ya nunca de creer, gracias Nàstic.