Efemérides futboleras (17d-23d)

Miquel Sanchis

Última semana antes de Navidad, compras y compras, planes y planes, cenas de empresa, encargos, y el estrés que produce dejarlo todo para el último día: el billete de tren, los regalos, las gambas, el pavo, los polvorones… ¿hay fútbol como alivio durante estas fechas? Repasamos lo que aconteció el fútbol en la historia en la semana previa a la celebración de las fiestas navideñas.

SEMANA DEL 17 AL 23 DE DICIEMBRE

Higuita o Galli, Leonel Álvarez o Rijkaard, Andrés Escobar o Baresi, «el Palomo» Usuriaga o Marco Van Basten y «el Pacho» Maturana o Arrigo Sacchi. La final de la Copa Intercontinental que enfrentó al Atlético Nacional de Colombia y al Milan de Italia, se disputó el 17 de diciembre de 1989. Resistieron bien los colombianos ante uno de los considerados mejores equipos de la historia. Un gol en el último minuto de la prórroga, obra de Alberigo Evani, dio el triunfo al conjunto rossonero. Aquel Atlético Nacional practicaba muy buen fútbol y durante la primera mitad de los 90 muchos de sus jugadores se pondrían de moda.

 Franz y Paul Braun, Henry Cleve, Hans Debest, Paul Dziendzielle, Julius y Wilhelm Jacobi, Hans Kahn, Gustav Müller, Franz Risse, Fritz Schulte, Hans Siebold, August Tönnesmann, Heinrich y Robert Unger, Fritz Weber y Franz Wendt, unos jóvenes amantes del fútbol, fundaron el Borussia de Dortmund el 19 de diciembre de 1909, de noche, en un restaurante, y le pusieron de nombre Borussia (Prusia) que era como se llamaba una cerveza producida en Dortmund por una fábrica local. A partir de 1913, el club vestiría de amarillo y negro, sus inconfundibles colores. Hoy es uno de los clubes más respetados del mundo.

Una anécdota curiosa: el 20 de diciembre de 1992 Juan Castaño Quirós, «Juanele», «el Pichón de Roces» se durmió y se retrasó casi dos horas a la citación del técnico holandés Bert Jacobs para el importante partido del Sporting en Cádiz. Aquel día Juanele tomó un taxi y logró alcanzar a sus compañeros en Madrid. Ya en el Ramón de Carranza, partió como suplente como castigo de lo acontecido, entró en el minuto 77 y marcó el gol del empate, el Sporting terminó ganando por 2 a 3.

Y varios apuntes a señalar el 22 de diciembre. En 1959, nació un futbolista excelente y muy querido, Bernd Schuster. El alemán se inició jugando como líbero en el Augsburgo antes de que desapareciera dicha posición, y fue contratado por el Colonia como una de las mayores promesas del fútbol germano. A los 20 años ya destacaba muy por encima del resto y tras exhibirse y conquistar la Eurocopa de Italia de 1980 llegó al Barcelona como fichaje estrella y mucho futuro por delante.
«El Ángel Rubio» vivió una relación muy intensa en can Barça, con grandes momentos como futbolista, graves lesiones y polémicas con entrenadores y directiva. En el recuerdo el momento del cambio (y el cabreo) en la final de la Copa de Europa de 1986, cuando se fue directamente en taxi al hotel y allí vio como su equipo perdió en los penaltis contra el Steaua. Y es que Bernardo tenía mucho carácter, pero sobretodo mucha clase, manejaba el cuero con elegancia, era todo un maestro en los desplazamientos en largo y en las jugadas a balón parado, tenía un disparo fenomenal, una gran zancada, y abarcaba todas las zonas del campo. El amo y señor del centro de la medular.

En 1988 llegó al Real Madrid para unirse a la maravillosa generación de a Quinta del Buitre y en su primera temporada el equipo hizo una campaña de récord. En 1990 cambió de camiseta pero no de ciudad, y no le importó vestir de rojiblanco para ganarse a la afición del Atlético de Madrid e incluso contribuir a ganar una Copa del Rey contra el Real Madrid con un golazo suyo de falta.

«A mi nadie me toca el pirindolo» fue una de las grandes citas que nos dejó este genial futbolista bigotudo.

Volvió a Alemania para jugar en el Bayer Leverkusen, y terminó su carrera en México y los Estados Unidos. 
A los 24 años decidió no jugar más en la selección alemana después de un escándalo tras negarse a jugar por el nacimiento de su hijo. Hubiera podido ser campeón del mundo en el 90. Cuando colgó las botas se sentó en los banquillos, ha entrenado a varios equipos españoles y se aventuró a entrenar en Ucrania, Turquía y recientemente China. Desde el banquillo sigue mostrando su carácter, y en las ruedas de prensa continúa soltando perlas. Único e inimitable Bernd Schuster, un tío simpático, maestro hasta en realizar cortes de manga.

El 22 de diciembre de 1990, un futbolista rebelde, Robin Friday, murió a consecuencia de una sobredosis de heroína.

El mundo del fútbol, como el de la literatura, pintura, música y demás artes, también ha conocido a sus personajes malditos; al futbolista anti-deportista, al anti-héroe autocastigado. Garrincha, Best, Maradona o Gascoigne, nadie llega pero, al romanticismo de Robin Friday. Al igual que «el Trinche Carlovich» en Argentina, en Gran Bretaña existe el mito del mejor futbolista del mundo que nunca quiso ser el mejor futbolista del mundo. Ese es Robin Friday, más que una leyenda urbana.

Nació en 1952 en Acton. Durante su infancia y juventud sobresalió en todo lo que hizo: dibujo, música, tenis, fútbol, boxeo… pero nunca quiso hacer nada.
En las calles marginales aprendió pronto este superdotado a manejar el balón de manera inigualable, y también a pelear, ligar, robar, beber y drogarse.
Jugó en las inferiores del Chelsea pero fue despedido a los 15 años porque ya jugueteaba con drogas duras. Se formó en tantas escuelas de fútbol como en reformatorios y comisarías. 
En 1971, llegó al Hayes, donde brillaría aunque saliera borracho al terreno de juego. Se mofaba de los rivales, sombreros, caños, taconazos, magia pura además de simpatizar con los aficionados por su carisma y magnetismo. Iba sobrado, tan sobrado como ebrio. 
Fue entonces cuando un equipo de renombre como el Reading se aventuró a ficharlo. Allí deslumbró como nunca. Los aficionados no tardaron en acudir masivamente al estadio para ver a ese nuevo fichaje del que tanto hablaba la gente. Los partidos del Reading eran recitales de Friday, al que los rivales no podían parar ni a patadas.
Robin, que vivía en una comuna hippie, compaginaba sus actuaciones estelares en el terreno de juego con los altercados y el desenfreno de su día a día. Un árbitro que arbitró una copa del mundo le aplaudió tras un gol y le dijo «usted acaba de realizar el mejor gol que he visto en mi vida». A Robin Friday le daba igual, pues el ya pensaba en el próximo viaje, incluso pintó las paredes de su casa de color negro para no pasarlo mal durante los subidones de LSD.
El indomable Robin Friday hasta se cagó literalmente en la mochila de un jugador rival después de una pelea en el partido donde solo se expulsó a Friday. 
Dejó el fútbol a los 26 años, aunque los hinchas recogieran firmas para que volviera a fichar, el ya había tomado la decisión.

El fútbol es un reflejo de la sociedad, quizás el más grande, y en una época donde las drogas devastaron a toda una generación, Robin Friday no quiso ser más ni menos que nadie. No quería formar parte del fútbol, probablemente tampoco quería formar parte de la vida, estaba enganchado a demasiadas sustancias, totalmente ido, vivía en la oscura tormenta de la maldición.
Se casó tres veces, y tres veces se divorció. Murió en el mismo lugar que nació, en 1990, con 38 años, debido a una sobredosis de heroína. A su entierro asistieron miles de fanáticos del fútbol.

El legado de Robin Friday no se olvida, quienes lo vieron jugar aseguran que iba para jugador de gran nivel, para ser uno de los mejores, y nadie discutió al periodista de la BBC David Cole cuando lo colocó entre los 50 mejores futbolistas de la historia.
Su leyenda hizo que hasta los Super Furry Animals se inspiraran en él para la canción The Man don´t give a Fuck.

Y terminamos con la anécdota producida por el argentino Walter Silvani el 22 de diciembre de 1997. El delantero, entonces futbolista del Salamanca, corrió a por un balón hacia la banda del Luis Sitjar de Mallorca, y cayó accidentalmente al foso. Todos, cámaras, periodistas, cuerpo técnico y jugadores de ambos equipos acudieron a interesarse por el estado del «Cuqui» tras tremenda caída. Una de las anécdotas que siempre recuerda alguien en nuestra página cuando recordamos las maravillosas tardes del Luis Sitjar.