Desde la grada vieja

Sergi Aljilés, presidente de la Penya Valencianista Colla Blanc-i-Negra.

La historia es de sobra conocida. Un día, en un partido Valencia-Albacete, el entrenador local Gus Hiddink ordenó retirar una esvástica de las gradas bajas de Mestalla. El técnico holandés no sabía que, con ese gesto, pasaría a la historia. No sabía que el gesto tendría aún más repercusión que el propio resultado del encuentro. Lo hizo simplemente por dignidad personal y familiar.

Hiddink nació en Arnhem, localidad fronteriza con Alemania, y su familia, en especial su padre, sufrió el nazismo y lo combatió desde la resistencia, ayudando a los aviadores aliados, y escondiendo y protegiendo a familias judías. Todo esto lo tuvo muy presente cuando actuó como actuó ese día. Y no por haberlo vivido en sus propias carnes (nació en 1946), sino por ser consciente de la historia y de la memoria de su familia y país.

Gus llegó a un Valencia que aún recordaba el año del infierno en segunda y que tenía muy presente el subcampeonato liguero logrado con Víctor Esparrago. De fina escuela holandesa, su Valencia de los Fernando, Roberto, Penev, Arroyo, Voro, Giner, Quique y Sempere, practicó un juego de toque exquisito. Todavía se recuerdan los duelos contra el Barça de Cruyff como de lo mejorcito que se pudo ver en la liga en los 90. Pero como ocurre en un 99% de las veces en Valencia, no fructificó en títulos. Mestalla es una plaza difícil de lidiar para cualquier entrenador. Por eso solo lo recordaríamos los enfermos del fútbol. Si Hiddink ha pasado a los anales, es por dar un paso más, el paso que nadie se atrevía a dar hace casi 30 años.

Yomus, Ultrasur, Frente Atlético, Boixos Nois… nuestros estadios estaban llenos de grupos ultras que exhibían sin ningún pudor símbolos que llamaban al odio al diferente. Ese día en Mestalla, la bandera nazi la habían colgado “aficionados” del Albacete, pero tanto en la vieja general de pie norte, como en otros graderíos, se podían ver banderas preconstitucionales con asiduidad. Gus dijo que seguramente esos chavales no sabían que significaba esa bandera. Yo no lo tengo tan claro como él. Estos grupos han contado y, desgraciadamente, cuentan con apoyos políticos, institucionales y muchas veces de las propias directivas. Las palabras de Tuzón, a la sazón presidente del club, de “tu a entrenar, res més” son notorias de lo que les preocupaban a los directivos el mundo ultra y sus acciones que, sin ambages, lo único que hacen es manchar el escudo de los clubes que dicen representar. Todavía causan vergüenza ajena los gritos racistas en los estadios, desde los que recibió Wilfred desde el fondo sur del Bernabeu, hasta los más recientes contra Iñaki Williams.

Desgraciadamente, aún queda mucho camino por recorrer en la lucha contra la intolerancia dentro del deporte. La legislación ayuda, pero hace falta un férreo compromiso desde los clubes e instituciones. 

La lucha que inició Hiddink no puede caer en saco roto. Desde Odio el Fútbol Moderno no dudaremos en poner nuestro granito de arena para conseguirlo. Gracias Gus.