El frío del fútbol

Miquel Sanchis

El pasado domingo hubo quien pudo volver a los bares (cada vez con menos restricciones), hubo quien fue a votar por el futuro de su equipo (todavía hay clubes en que uno puede votar a su presidente), hubo quien se encarceló en su cuarto protegiéndose de la llovizna en otra semana grande para el fútbol moderno: derbi en Manchester, derbi en Madrid… y hubo alguno más entre el frío marzo, pues volví a destapar mi yo solitario, sin abrigo y sin paraguas, y me interesé por encontrar la esperanza en el estadio de Los Pajaritos, para disfrutar de un envite entre dos equipos con solera, un Numancia-Burgos de Segunda B que a mi me olía a algo más que a vino de reserva, allí le di sentido a mi esperanza.

Porque siempre es agradable ver a la gente en las gradas, aunque por causas más que evidentes deba hacerse manteniendo la distancia. Porque fue conmovedor ver a una afición burgalesa desplazándose a campo ajeno y situándose en su espacio, casi me cayó la lagrimita de ver a aquella afición ondeando banderas y alzando bufandas al cielo de Los Pajaritos. Y siempre, por supuesto, es disfrutar de un buen partido de Segunda B, con la modorra todavía de la siesta vermutera, entre dos equipos que aspiran a volver a las emociones pasadas, al menos en la categoría de plata, ¿no? Porque ya va siendo hora de volver a codearse entre los más grandes pensarán los aficionados del Burgos C.F. (no confundir con el Real Burgos, aquel simpático equipo rojipardillo de la década de los 90), ya va siendo hora de que vuelva el fútbol de élite también al frío del Plantío, esta vez vestido de blanco y negro, colores que lucen sus indomables guerreros.

Y es que el conjunto de Julián Calero está intratable esta temporada, un bloque fuerte y duro, que hace un brutal desgaste físico, que se mantiene uniforme que repliega con buen criterio y que se expande dando amplitud cuando mueve el cuero con holgura. El Numancia, necesitado, buscó sin éxito perforar la defensa y el marco burgalés, bien defendido por Barovero. En una primera parte con demasiados desplazamientos en largo, demasiada falta y tarascada, apenas disfrutamos de ocasiones, en un partido que se iba helando pero cuya tensión preveía que el primero en golpear golpearía por mil y más duro.

Lo intentaron los locales tras el descanso, pero el desacierto rojillo cargaba de confianza a un Burgos que se guardaba la última estocada para lograr una importante victoria a lo campeón. A balón parado, en un saque de esquina, en el minuto 86, un futbolista «beckembauriano», de botas negras y vendajes, Unai Elguezabal, voló más que nadie y mandó el balón a la red numantina. Niños pateaban sillas de plástico, mayores se tiraban de los pelos, ancianos blasfemaron, «el fútbol es así» dijo algún sabio, «no se puede perdonar a un grande» sentenció otro.

Y así terminó el partido, con victoria 0-1 que confirma que el cuadro burgales estará seguro en la lucha por el ascenso, sabe Calero que todavía queda mucho camino, pero que bonito es soñar, y calentarse con ese rayo de optimismo que rompe el frío del fútbol. El retorno al casi fútbol de siempre.