José Luis Zalazar Rodríguez

Si observamos el gol de Zalazar entendemos que sería muy difícil que alguien hoy se atreviera a lanzar desde esa posición. Siguiendo las consignas de los técnicos de ahora y la nueva escuela, un futbolista que conduce en su propio campo esperaría la llegada de los laterales para montar una superioridad de cinco contra cuatro antes de impulsar un contraataque, o cedería para atrás y vuelta a empezar: lo que sea por no perder la posesión del balón. Hoy casi nadie la «regala» o la «rifa» desde su propio campo, está mal vista esa osadía. Con ir a un partido de benjamines y escuchar a la mayoría de entrenadores que parecen estar jugando a la Play Station ya te das cuenta: «pase fácil», «conduce», «cambia de orientación», «vuelve atrás»… no hay casi lugar para la improvisación desde el fútbol base, y la frase terrible «no chutes» impera por los campitos de fútbol 7. Los aficionados nos aburrimos con el nuevo fútbol que no rompe las sagradas y nuevas escrituras que proliferan por fútbol moderno, ¡qué vuelvan los forofos gordos con chándal, gorra y pito a dirigir los equipos! ¡Qué vuelva el atrevimiento! ¡Queremos ver más goles como el de Zalazar a Diego!

No olvidamos a aquel uruguayo que llegó a la Liga en los ochenta para enrolarse en el Cádiz y se convirtió en santo y seña del Albacete en sus mejores años en Primera, José Luis Zalazar Rodríguez. El paso de Zalazar por la Liga fue inolvidable, este sí que metía golazos, especialmente en sus años con el «Queso Mecánico». Todos recordarán aquel misil que disparó desde su campo en un Albacete-Atlético y que pasó a ser uno de los mejores goles de la historia de la Liga, y que el pobre Diego todavía no debe haber olvidado. Y es que los zapatazos del Oso dieron muchas alegrías a una afición que disfrutaba con su equipo, bien comandado en el centro del campo por el uruguayo, que destacaba por su fortaleza, y un golpeo de balón exquisito, con el que también logró silenciar el Camp Nou en un memorable 3-3 de la 92-93.

Años antes, en 1987, Zalazar había llegado a Cádiz procedente del fútbol mexicano, de los Tecos de Guadalajara, que lo habían comprado a Peñarol después de su debut en el mundial de México 86. De la mano de su compatriota Víctor Espárrago llegó a un Cádiz repleto de futbolistas de verdad, allí coincidió con Carmelo, Jaro, Juan José y formó un buen tridente americano junto a Mágico González y Cabrera. En aquel Cádiz, el uruguayo jugó, marcó goles y destacó, pero el club gaditano no pudo retenerlo por razones económicas. Zalazar, volvió a México, y en 1989 retornó a la Liga, esta vez para jugar en el Espanyol de Barcelona, donde no tuvo un buen año.

Fue entonces cuando fichó por el Albacete, en 1990, y contribuyó a los años más emocionantes de la historia del club manchego. En 1996 fichó por el Racing de Santander, y después volvió a su país, aunque la estancia fue breve, en 1998 fichó de nuevo por el Albacete, donde jugaría hasta su retirada como profesional y donde sigue siendo un ídolo. Tal día como hoy todos hablábamos de su increíble zapatazo.

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