Una historia del Europa

Miquel Sanchis

En junio de 1996 yo era un chaval con pocas más motivaciones que las de prepararse para ver una apasionante Eurocopa de fútbol en Inglaterra e ir a entrenar y jugar con el equipo de mi pequeña ciudad, el Club de Fútbol Gandia. El conjunto blanquiazul vivía una buena época y los chavales de las categoría inferiores acudíamos cada día quince días al pedazo de hormigón que conforma el Guillermo Olagüe para animar al primer equipo. Tras una gran temporada en Tercera, el equipo de Damián Castaño terminó liderando el grupo valenciano, y le tocó jugarse el ansiado ascenso a Segunda B en una liguilla de play-off junto a Sóller, Águilas y Europa, solo podía subir uno.

Llegó el día decisivo, contra el Europa, en un Olagüe abarrotado de gente, con todo lo que ello conllevaba, olor a anís y calimocho en las gradas, sonido de bombos y entrañables vuvuzelas noventeras de plástico, y una atmósfera de millones de papeles pequeñitos al cielo con la salida de los futbolistas. Detrás de la porterías estábamos nosotros, con decenas de rollos de papel higiénico, se notaba que la pandemia quedaba muy lejos. Por entre las gradas se encontraban prácticamente todos los chavales del fútbol base, todos juntos, a la una, junto a los más borrachuzos del lugar, animando a nuestro Gandia. Y en tan agradable ambiente yo preguntaba de donde cojones venía el rival, el Europa. «No lo sé, pero son catalanes», «son de un pueblo cerca de Barcelona» ,«son el filial del Espanyol», «son de un barrio pijo de Barcelona», «son de un barrio chungo»… en aquella época ausente de wikipedia nada me quedó claro.

Recuerdo en aquella calurosa tarde de 1996 un partido duro y con tensión, que se jodan las Eurocopas y los mundiales si puedes disfrutar de un play-off. A pocos metros de nosotros, Ginés Asensio (que en gloria esté) anotó desde los once metros el único gol del partido y que valió el ascenso de los míos. Creo recordar que el penalti lo paró el portero y el astuto delantero aprovechó el rechace. Pero la memoria no me falla al remover en mi pensamiento la fiesta en el estadio y la ciudad tras el gol, y para mí el recuerdo del Europa, un rival digno y duro, que en sus filas tenía un delantero dertyciano que creaba mucho peligro, nunca olvidaría aquel equipo con nombre fácil de recordar: Europa.

Las vueltas que da la vida, el destino se burla de ti, en junio de 2007, me vine a Barcelona a emprender un proyecto, y encontré trabajo y casa en la Vila de Gràcia. Al bajar por primera vez en Fontana, y callejear por Asturies, Verdi, Plaça del Sol, Virreina, Torrijos o Diamant, quedé muy pronto prendado de un enclave con un áurea especial. Mercados, comercios locales, tiendas y bares originales, casales populares y ateneos, barrio gitano, casas ocupadas, vermuterías, bodegas, teatros, cultura, barras de toda la vida y una idiosincrasia muy especial. Todo bajo un manto enorme de paz que envuelve a un barrio que antes de barrio fue villa, y se nota el carácter gracienco de la gente. Nací en Valencia, crecí en Gandia, pero supe en seguida que Gracia formaría parte de mi vida durante años. Asentado ya en su corazón, pregunté por su equipo de fútbol, y sorpresa: «¿el equipo de fútbol? nuestro equipo es el Europa».

Desde 2007 hasta hoy, lo más parecido al fútbol de los 80 y 90 que disfruté en el viejo Guillermo Olagüe lo he encontrado en mis constantes visitas al Nou Sardenya y su bar. Cambié el «blanc-i-blau», por el «blau-i-blanc», al fin y al cabo esto no afectaba a nada ni a nadie. Me sumergí entre los grupos de animación del Europa como en mi niñez hice con los del Gandia. Bebí cerveza en los escalones de ambos estadios que para mi guardan muchos paralelismos, uno tiene el río Serpis en sus extramuros, el otro un basto edificio plagado de ventanas. En todos estos años he ido a animar con menor o mayor pasión al equipo de un barrio en el que siempre me sentí en deuda y con el que me identifico, como si yo, con mi voz y mi aliento de adolescente, animando contra el Europa, le debiera un ascenso al conjunto escapulado. Siempre me sentí culpable de venir de un lugar donde les robamos un ascenso y me he dejado la voz para remediar la situación, «un dia de cap i volta, em vaig enamorar, el cor em bategava, quan veia blau i blanc…» he saltado por su cemento, he gritado y blasfemado, me lo he pasado bien y he salido cabreado, sin comerlo ni beberlo he sido un escapulado más y siempre con el sueño del ascenso en el horizonte.

El domingo el sueño se cumplió, justo recién cumplidos mis 40, año 2021, y fútbol post pandemia. El Europa consumó su ascenso a la nueva Segunda B con un gran partido contra el Cerdanyola, de esos partidos que hacen afición, y yo lo animé en lo que pude. Hace semanas que tengo la bufanda colgada en el balcón, hablo sobre ello con todo ser futbolero o no, «Aquest any sí», me dijo el Flowers, y es que en el barrio no hay quien no se congratule, los éxitos del Europa no han pasado desapercibidos. No pude entrar al estadio esta vez, me quedé con las ganas, y lo seguí por la pantalla de mi portátil. No voy a hacer crónica de este partido que fue una fiesta. Pero con un 4-2 a favor de los locales pese a adelantarse el Cerdanyola en el marcador en los primeros minutos, uno ya se imagina que tipo de partido fue. Destacar eso sí, el partidazo de Pau López y Carlos Cano. Los de David Vilajoana dicen adiós a la Tercera División, y auguro que con ese pedazo de club y su gran estructura desde la base, los de La Vila van a continuar creciendo.

«Subir con el equipo de mi corazón a la Segunda RFEF ha sido uno de los momentos más felices de mi vida. No me puedo sentir más orgulloso de este equipo, de este club y esta afición que se han dejado la piel durante muchos años para hacerlo hoy posible. Seguiremos trabajando para hacer al Europa todavía más grande». Palabra de Álex Cano, el gran «Capicano», capitán del equipo y leyenda del club. Su historia, con centenas de partidos a sus espaldas, es una auténtica historia de amor.

Cada uno tiene la suya con el Europa, hoy (con mi deuda pagada) yo camino satisfecho por estas hermosas calles y plazas que ya hace tiempo que son mi casa, cada vez más saturadas de barbers shops, takes aways, y cadenas de café exquisito. Muchos colegas se marcharon asfixiados por los precios del alquiler y acorralados por los pisos turísticos, ya no está el Franckfurt del Eze, ni La Pausa de Fernando, ni La Terreta, ya no queda casi nadie de los de antes y los que hay han cambiado, las ensaladas de quinoa, las heladerías sin gluten y los supermercados asiáticos y ecológicos se expanden pero Gracia sigue siendo para mi La Barraqueta, la Torna, la Gaviota, el Marín o la vermutería del Antonio, sigue siendo una lata en los escalones del sol, un café en la Rovira, el Pietro, o una copa en el Canigó, y ahora también un puchero en el Diània, algunos sobreviven como pueden, otros llegan, y otros hace tiempo que echaron el persianazo, y siempre, por supuesto, observa el club del barrio, que sigue a pesar de todo, y está más vivo que nunca, adaptándose a los nuevos tiempos «A la Vila de Gràcia, les glories tornaràn…» esto no es más que una historia (de tantas) de Gracia, y del Europa.