El probe Migué

Sergi Aljilés

“Él dice que es feli’ en la montaña, que hace mucho que no sale. Ay que le estará pasando al probe Migue´ que hace mucho tiempo que no sale…Tra lará larala, la lará lará”

Creo que he contado alguna vez que si soy del València es por mi abuela, la iaia como decimos aquí. Mi padre ferroviario (traducción, tus días libres no tienen nada que ver con los del resto de la sociedad) y mi madre enfermera (guardias de fin de semana) hicieron que me criara con mi abuela, lo que revirtió en algunas cosas negativas (nieto único, no me faltaban mimos) y mil positivas, entre ellas, tal vez las que más valoro, ser guardián de toda la memoria y valores que me transmitió. Y claro, el València, aunque si me preguntáis, no sabría separar una cosa de la otra.

En junio del 99, la iaia, Vicenta Villalba, iba hacia los 84 años con una salud de hierro, tanto física como mental. Y estaba feliz porque ese fin de semana yo le había prometido ver la final con ella. Ella sabía que con mis casi 19 años me saldrían mil planes y había querido asegurarse de verla juntos, insistiéndome sobre ello días antes. Y el plan para ella estaba claro. Ahora solo faltaba la intendencia. Una visita previa al Mercat Central, y comprar mig quilet d’avellanencs para hacer la caragolà, vino y gaseosa para el porrón y paradita en La Mare de Déu, velita, rezos y sus peticiones, en las que no faltaría un <<Mareta, que no caura la copeta>>.

Cuando llegué a su casa, ataviado con mi bufanda y senyera, ella estaba en la cocina terminando la cena. Siempre me dijo que antes del València toca cenar, no sea que después, por el disgusto de perder no tengas hambre. Y a ello nos pusimos con fruición, no sin antes colocar la senyera al lado de Sant Vicent, que es del València indudablemente, ya que viste de blanco y negro.

Después de cumplir con la cena, yo la veía especialmente nerviosa, y aunque es algo que también he heredado de ella antes de cada partido grande, ese día yo estaba tranquilo y confiado. Después de la copa que habíamos hecho, esta no se escapaba. Su generación vivió el nacimiento del equipo (nació en el año 15) y cuando en los 40s campeonamos todo era una culminación. Pero la mía creció en los años de plomo, en los del res de res, y además teniendo presente una historia de títulos detrás. Era nuestro momento. Se extrañaba cuando le decía que hacia 20 años que no ganábamos la copa, <<Pues el València sempre ha sigut més copero que liguero >>(sic).

Al empezar la retrasmisión yo maldecía nuestra suerte por tener que escuchar a Michel, y de la sorpresa que el señor Ranieri colocara a Mendieta de lateral izquierdo. Pero todo daba igual, estábamos lanzados, on fire, a por el título. Y así fue, era cuestión de tiempo, se veía, se notaba. El primero cayó después de reclamar, abuela y nieto, el empujón a Vlaovic en el área. Mendieta le puso un centro con música a Claudio López, que empaló de volea ante la mirada de Molina. El balón besó las redes de esas porterías “artificiales” de La Cartuja, casi de futbol sala por su profundidad, al tiempo que el grito de gol corría por nuestras gargantas a la vez que por toda la ciudad.

La final era un monologo blanc-i-negre, los colchoneros, que tenia un buen equipo, un gran once, se veían impotentes para frenarnos. La iaia era todo <<va, xuta xe, mone’m mone’m>>. Cuando el balón llego a la izquierda del ataque, a Ilie, que centró suave sobre la llegada de Mendieta, que…hizo aquello. No hay palabras. Creo que ese gol ni lo canté, solo me giré a verla a ella diciendo:<< ¿que què?>>, Y ella: <<lo que ha fet, mare lo que ha fet>>. Sobran más explicaciones.

La iaia estaba exultante, no se callaba. Ya el partido era lo de menos, ella quería que dieran ya la copa, ahora si se lo creía. Éramos campeones, y era la primera vez para mí (o casi, si contamos la Intertoto del verano anterior), ella los había vivido todos.

Pero faltaba la traca final. Cañizares, en el 81, salió del arco para cazar un córner, que mandó largo al hueco. Molina salió para recuperarla, pero el Piojo tenia el santo de cara ese año, y le robó la cartera, arrancando una carrera hacia el área de más de 40 metros con el balón controlado, que el mismo culminó, continuado su carrera sobre el tartán del estadio. <<Mira, está plorant, que bonico>>, comentó mi abuela al verle llorar alzando los brazos.

Después del pitido final, nos abrazamos, nos besamos, canté el Amunt València entre las risas de la iaia, nos emocionamos juntos viendo que Gaizka y Claudio llamaban a Camarasa, viejo capitán, para que levantara la copa también, representando a toda esa generación de futbolistas enormes que, aunque lo rozaron, nunca tocaron metal con el València.

Y entre la algarabía de las gradas, los Juanfran, Angulo y Farinós imitando a Quique encima del larguero, ocurrió. Era Sevilla, se ve que se les habían acabado las ideas al de megafonía después del Amunt València y el himno regional, y sonó un éxito que, en aquella época fue un éxito en las radios comerciales. Una canción de unos abuelos del barrio de Triana, de nombre Triana Pura, una canción muy del rollo Andalucía y juerga sevillana entre rebujitos y cachondeo, pero que, por un hado inexplicable, conectó con la grada y los valencianistas cantaron una y otra vez. La frase de la letra, «que hace mucho tiempo que no sale dice», trajo a la memoria los años que hacía que no cantábamos un título, y la alegría y el buen rollito se señoreo de los corazones con el lara lara lala.

Y allí estábamos, abuela y nieto, con los ojos húmedos, cantando el probe Migué. Aún la veo sonriendo cantando, con su eterno delantal viejo puesto. Y no puedo ver imágenes de ese grupo cantando el probre Migué, contemplar a esa yaya trianera me hace ver, sin escapatoria posible, a mi propia abuela.  Y por eso, el año de centenario, cuando ganamos la copa contra el Barça, a pesar de que hacia 3 años que ya se había ido, con casi 101 años y la cabeza perfecta hasta el final, cuando Parejo, su jugador favorito, levantó la copa, en mi cabeza solo sonaba el probe Migué, el mejor homenaje que le podía hacer.