Oleg

Sergi Aljilés

“Mother Russia, dance of the Tsars, 

hold up you heads, be proud of what you are”

Iron Maiden.

Los que somos de la generación X aún nos acordamos de la vieja Unión Soviética. Y si unimos a ese país con el fútbol, no podemos dejar de recordar a Yashine, “La araña negra”, el considerado como mejor portero de la historia, al que batió Marcelino de certero testarazo como narraba Matías Prats senior.

Pero ese mundo acabó, los vientos de la historia se lo llevaron, y poco nos importó a los aficionados xes, más que para recordar las visitas de su selección y de lo más granado de su liga, a nuestro Trofeu Taronja. Aquellos triangulares y cuadrangulares veraniegos, que acostumbraban a llevar unas entradas más que decentes a las gradas. Para el recuerdo la visita del CSKA de Moscú en el debut de Kempes con la camiseta del murciélago. Pero, siempre eran rivales estos rusos, fríos, ajenos a la vista del aficionado mestallista. Hasta la llegada de Oleg.

Corría el verano del año 94, la temporada había acabado para el València de forma anodina en lo deportivo, aunque no en lo institucional. El club celebraba sus 75 años, con grandes hitos, como volver al color negro en las medias (como lo fue en su fundación), recuperar el nombre de Mestalla para el estadio, creación de un himno (Amunt València) de gran éxito entre la afición, y un nuevo presidente. El primero que llegaba al club siendo máximo accionista, el primer amo de los destinos del València. Francisco Roig quiso montar una gran plantilla, y que mejor escaparate para fichar que el mundial que empezaba en EEUU ese mismo verano. El primer mundial que jugaría Rusia después del hundimiento del régimen comunista. Y en esas circunstancias se cruzaron los caminos de Oleg Salenko y el València.

El delantero jugaba ya en nuestra liga, en el añorado y querido Logroñes. Aún resonaban los fastos por el ascenso conjunto de los 2 clubs y los canticos de “ni Barça ni Madrid, València-Logroñes”. La amistad entre los clubs favoreció el fichaje, amén de la buena temporada que había realizado el delantero, con 16 goles anotados. Y con el fichaje realizado, marchó con su selección a jugar el mundial.

El grupo de los rusos parecía, a priori, asequible para su clasificación para las eliminatorias. Brasil (claro candidato a primero de grupo, a la postre campeón), Suecia (ahí había que competir) y Camerún (venía de hacer un gran mundial en Italia 90). Habría que luchar, pero se podía hacer, no era impensable pasar de ronda.

Oleg, con el 9 a la espalda, no fue titular en el primer partido, contra la Brasil de Romario y Bebeto, aunque jugó casi toda la segunda parte, dejando buenas sensaciones, pero la victoria canarinha fue clara, 2-0. Contra Suecia sí fue titular, y marcó en el minuto 4, de penalti, una de sus especialidades. Pero su selección no dio la talla, los suecos sí, infringiéndoles un severo 3-1.

Rusia ya estaba eliminada para el último partido, ni siendo terceros podían pasar de ronda. Igual que el Camerún. A priori este partido era completamente intrascendente, pero no fue así, entró en la memoria del futbol. Salenko destapó el bote de las esencias de como debe jugar un delantero. Rusia fue un vendaval, pasó por encima de los africanos con un contundente 6-1. Oleg marcó cinco, uno de ellos de penalti, hat trick en la primera parte, y el repóquer ya en la segunda. Justo después del quinto gol fue sustituido. Inexplicable a mis 13 años. Aunque solo jugó 2 partidos y medio acabó máximo goleador del mundial, en compañía de Stoichkov. Su llegada a València se sentía ilusionante entre una afición que quería un título, y se podía lograr con un goleador así.

Obviamente, como era tradición en los 90 aquí en València, el que llegaba con fama de goleador, fracasaba. Oleg tampoco lo hizo tan mal, pero no llegó a los registros goleadores que se le esperaban. Cayó bien en la grada, pero no duró mucho “el romance”. Tenia cosetes, pero no acababa de aprovechar las oportunidades cara a gol. Era capaz de marcar golazos (como en el Bernabéu en copa) y combinarlos con actuaciones anodinas, frías. 10 goles en 31 partidos supusieron su venta al Glasgow Rangers.

Corrió por el mundo después, Escocia, Turquía, Polonia, incluso 3 partidos en el Córdoba, pero nunca volvió a enseñar lo que se le intuía. Una larga carrera, desde el 86 al 2001. Siempre recordado por aquel repóquer.

Ahora Oleg sigue jugando para la selección rusa, de futbol playa, junto con otras viejas glorias de su generación. Incluso, esas cosas que pasan en Rusia, en 2010 trató de vender su bota de oro del mundial a un jeque araba debido a sus deudas. Finalmente, según declaraciones de él mismo, no tuvo que hacerlo.

Entre los aficionados de mi generación hay un gran apreció por Oleg, el sabe que aquí en València se le aprecia, se le aprecia porque nos hizo disfrutar, se le guarda cariño, por los cromos, por la historia, porque abrió camino para los Karpin y los Chéryshev. Y porque dejó un legado importantísimo en el club, enseñó a un jovencito Mendieta a tirar penaltis, cosa que no es baladí. Esa técnica que utilizaba el vasco de mirar al portero, nunca a la bola, y esperar a que se tirara el portero para lanzar el chut al lado contrario, la aprendió de Oleg, y la aprendió bien. Por eso cada vez que veía a Gaizka tirar un penalti, imaginaba que Oleg, «El Buitre Ruso», vigilaba desde arriba al gran murciélago.