Carlos Meléndez Latorre

La difícil tarea del portero suplente ha evolucionado con los años. Muchos son los entrenadores que apuestan por sentar cada domingo en el banquillo a un meta que acepte que su rol en el equipo es crear buen rollo y hacer piña en el vestuario hasta que llegue su oportunidad. Y así en el fútbol moderno encontramos porteros suplentes que cuentan chistes, cantan rap, invitan a asados o elaboran un delicioso arroz con costra, todo por mantener el buen rollo de un grupo.

Un precursor de este concepto de guardameta fue sin duda Carlos Meléndez, portero vasco, que como el Chopo Iribar llegó al Athletic Club procedente del Basconia. Con el Bilbao Athletic, Meléndez demostró ser un portero elástico, con reflejos, poseedor de unas fuertes piernas que utilizaba como muelles para desplazarse por lo alto y ancho de la portería con gran habilidad felina.Sin embargo, el fútbol es muy puñetero con los porteros y cuando tuvo la oportunidad de convertirse en el guardián de la portería del Athletic Club, las críticas tras un gol ratonero de Marañón le condenaron a la suplencia. Y en el banquillo se convirtió en el fiel escudero de Javi Clemente, que se lo llevaría después al Espanyol por si N’Kono se ponía algún día enfermo, y para pacificar y alegrar a un vestuario con su humor y su sentido zen.

Jugó como profesional en el Athletic Club y el Espanyol de Barcelona, desde 1979 a 1992, jugó muy pocos partidos, con algún momento de gloria como cuando paró un penalti al malaguista Villa en una promoción de ascenso.Con su inconfundible bigote, este Tom Selleck de los tres palos se mostró siempre un compañero ejemplar, que nunca perdió la ilusión ni el respeto, un portero de esos que hoy buscan los entrenadores como locos, un pionero, un Monchi antes de Monchi, un referente para Reina, ¿copiaría su look David Seaman?

Meléndez, un referente para los porteros suplentes que crean buen ambiente en el vestuario.
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