Jaime Iván Kaviedes Llorenty

La vida de Iván Kaviedes, ídolo del fútbol ecuatoriano, está llena de altibajos, tantos como tuvo en su carrera. Tantas veces tocó el cielo el astuto delantero como descendió a los infiernos. Su vida, en demasiadas ocasiones un sinónimo de desesperación que hubiera podido llevarse a más de uno por delante, a pesar de todo, es un ejemplo de superación. Y es que el “Nine” ha sido capaz de todo, de lo mejor y de lo peor.

Todo en una misma persona. Marcar, semana sí, semana también, hasta convertirse en el máximo goleador del mundo en 1998. Convertirse, también, tras reventar récords en su país, en el primer ecuatoriano en jugar en Europa. Marcar gol de chilena al Barça, conducir a base de goles a su selección hasta disputar por primera vez la fase final de la Copa del Mundo… y hasta tuvo su momento de gloria disfrazado de Spiderman. Pero, a pesar de ser un ícono del fútbol en Ecuador, no logró esquivar las miserias de las calles de Guayaquil donde se crió. Vivió siempre al día, y el “Inseminador” es padre de nueve hijos de nueve mujeres diferentes. Pasó por la cárcel por no pagar manutención a las madres de sus criaturas, y estuvo años consumido por la oscuridad del alcohol y la cocaína. Se metió en demasiadas peleas (algún video circula por ahí noqueando a un individuo en una pelea callejera), todo en una misma persona, un tormento que luchaba también contra sí mismo. Pero salió de esas, sin dejar nunca de patear el balón, llegó a jugar como profesional con su hijo adoptivo. Y es que Iván Kaviedes, amante también de los animales, ha dejado innumerables muestras de ser dueño de un gran corazón.

«A los 14 años llegué a Guayaquil en bus y a los 17 me podía comprar un avión»

Sus padres fallecieron cuando él tenía seis años y tuvo que abandonar el campo para criarse en la ciudad con sus abuelos. A base de jugar en las calles fue perfeccionando su olfato goleador. No era el más habilidoso, ni el mejor lanzador, ni el que mejor regateaba, ni el que mejor remataba con la cabeza. Pero, Kaviedes aprendió en las estrechas porterías de las calles a meterla en cualquier agujero, y adquirió un instinto perforador que lo convirtió en un todo un «rompe redes” en edades muy prematuras. Lo siguieron del Inter de Milán, firmó un precontrato con el Real Madrid, y con 18 años ya debutó en la máxima categoría de su país con el color azul de Emelec. En 1998, su nivel era exageradamente alto, y se convirtió en el máximo goleador histórico en una sola temporada al anotar 43 goles en el campeonato ecuatoriano. Fue el año en que nadie en el mundo logró más goles que él. Fue el año en que los aficionados iban al estadio a ver cuántos goles era capaz de anotar «el Nine» en cada partido. Uno, dos, tres, cuatro… batía todos los registros.

Tras aquel temporadón, puso rumbo a la Serie A, donde jugaban los mejores delanteros del momento. Fichó por el Perugia y a pesar de marcar cuatro goles en media temporada, no cumplió con las altas expectativas con las que había llegado al fútbol europeo. En el verano de 1999 el Celta pagó una buena pasta del momento por el joven goleador que realizó una prometedora pretemporada anotando incluso al Deportivo en el Teresa Herrera. Sin embargo, en aquel Celta había mucha competencia y, eclipsado por McCarthy, Revivo y Turdó, el héroe ecuatoriano no tuvo prácticamente oportunidades. Partiendo siempre desde el banquillo anotó dos goles en los cinco partidos que jugó en el conjunto gallego. Fue cedido al Puebla mexicano, al Real Valladolid (allí marcó aquella chilena al Barça), al Porto, al Barcelona de Guayaquil y finalmente en el verano de 2003 se desvinculó del Celta de Vigo ya convertido en un trotaclubes. A pesar de todo, era la referencia de la selección tricolor, e hizo historia al anotar el gol que clasificó a Ecuador para la Copa del Mundo de 2002.

Al más puro estilo Abreu, pasó por infinidad de equipos, hasta jugó en Argentinos Juniors o en el Crystal Palace, y estuvo en activo hasta hace cuatro días a pesar de toda la vida convulsa que le acompañó desde la infancia.

En la actualidad, Kaviedes es todo un superviviente. Siempre fue un lobo solitario, y vive en el monte, con sus huertos y sus animales. Se reencuentra con los hijos a los que de joven prácticamente abandonó, y ya es abuelo. Baja a la ciudad para dar charlas, contar sus experiencias y ayudar a los chavales de los centros de adicciones. Toda una vida, la del gran delantero de la historia de Ecuador.

Por cierto, le apodaron Nine porque en edad infantil jugó un torneo con una camiseta con el 9 y la palabra Nine (nueve en inglés) y sus compañeros pensaron que Nine era su nombre.