José Cano López

Miquel Sanchis

Nacido en Llavorsí (Lleida), a su pobre madre no le quedó otra opción que dejarlo en acogida en el colegio de La Salle de Nuestra Señora del Port de Barcelona con tan solo 6 años, y en las calles de la Zona Franca de la capital catalana creció Canito, jugando al fútbol con otros niños huérfanos y abandonados. Del equipo del colegio pasaría a a la Peña Anguera en edad juvenil, de allí al equipo de su barrio, el Club Atlético Ibéria, y después al CF Lloret, donde al coincidir con otro Cano fue bautizado como Canito.

Su fútbol era tan rebelde y natural como su indomable personalidad. Fue un defensa líbero, elegante como los de su época, pero con garra, y con una capacidad increíble para adaptarse a otras posiciones. Además, generaba mucho peligro cuando jugaba cerca del marco rival. Todo un comandante de los que ya no hay.

En 1975, el Espanyol decidió fichar al joven Canito y cederlo al Lleida que jugaba en Tercera para que gozara de minutos. Canito mostró su fútbol en Lleida, y su carácter díscolo, las tuvo con su entrenador y hasta se lió a tortas con un periodista según cuenta alguna crónica de la época. La Tercera le quedó pequeña, y para la temporada siguiente ya se puso a las órdenes de José Emilio Santamaría en el primer equipo del Espanyol.

En la 77-78 hizo el servicio militar en Cádiz, y en el equipo amarillo jugó aquella temporada en que se le recuerda un buen marcaje a Cruyff en el Camp Nou, donde el atrevido zaguero hasta osó de hacer un sombrero al crack holandés. Volvió después al Espanyol, para consolidarse en el conjunto perico, y llegó a ser internacional. Ladislao Kubala, el entonces seleccionador, vio en Canito a su Beckenbauer y años después afirmó que «podía haber sido el mejor líbero de la historia del fútbol español”.

Tan apasionado en el terreno de juego como excéntrico fuera de él, fanfarroneaba de su dinero, que compartía generosamente con sus amigos y conocidos. Era capaz de cambiar de coche cada mes, de novia cada semana y comprarse ropa nueva cada día, se asemejó a una especie de George Best a la española, con algo menos de brillo, un Robin Friday o peor, en la época de la España kinki, en un el Vaquilla futbolista como le apodaron algunos.

En 1979 fichó por el Barça, aunque nunca olvidó al Espanyol, se dice que hasta jugaba con la camiseta blanquiazul debajo de la azulgrana, y fue criticado por la grada culé cuando celebró un gol del Espanyol en medio del Camp Nou, al leerlo en el videomarcador. Hasta se fue de gira con el Espanyol cuando todavía era jugador del Barcelona. Nunca se entendió con el Barça ni su afición, y abandonó el club no sin antes hacer un corte de manga en respuesta de una pitada tras una expulsión frente al Lleida. Tras aquello fue expedientado y volvió a Sarriá, como parte del traspaso de Urruti.

Jugó también en el Betis, casándose en Sevilla, y después en el Real Zaragoza, y en ambos clubes mostró tanto su incuestionable técnica como su falta de disciplina. A los 30 años comenzó su infierno, fichó por Os Belenenses portugués y después, fisicamente muy debilitado, lo intentó de nuevo en el Lloret para terminar jugando en el Gimnástica Iberiana del barrio. Para entonces, su dieta ya era alcohol, droga y más droga. Sin el abrazo del fútbol el tan generoso Canito se fue quedando solo, se separó de su mujer y muchos de sus «amigos» lo abandonaron.

“He tomado todo lo que se puede tomar (…) Desde los 33 a los 35 años me metía de todo en el cuerpo, hasta alucinógenos. Me daban seguridad en la vida, porque las palabras me salían solas y me ayudaba a que las mujeres me escucharan (…) No tengo muchas esperanzas en el futuro, me siento pesimista. Mi panorama es muy negro. Por la mañana me levanto temprano, busco trabajo y algo para comer y pagar la pensión” decía en un desgarrador artículo en 1996 en Interviu.

Espanyol y Barça se volcaron entonces con él, con tratar de recuperar a una persona que había caído del cielo al infierno en muy pocos años. Pero no se pudo hacer nada, Canito falleció cuatro años después, en el año 2000, después de una intensa vida llena de altibajos emocionales y de excesos. Otro poeta maldito del fútbol, el Best de la Zona Franca fallecía un 25 de noviembre cinco años antes que Best. El Maradona de la Iberiana fallecía un 25 de noviembre veinte años antes que el Diego. En el barrio la gente de fútbol y de la vida todavía pronuncia su nombre por los campos y barras de bar. Todavía se le recuerda con lacónica nostalgia a José Cano López, el rey de la calle.