Sobre fútbol y otras nimiedades endiosadas

Javi Serrano


Vaya por delante mi respeto a nuestro equipo nacional. Su entrega y profesionalidad son encomiables. Todos y cada uno de ellos son para mí, dignos de vestir esa camiseta y representar al fútbol español.


Dicho esto, y parafraseando a los mayores amantes de la pelota en este planeta: “se pudrió todo”.  La vida es así de maravillosa: increíblemente, la selección puede salir campeona. Puede salir campeona habiéndose olvidado por muchos minutos de juego, la mayoría del partido contra Suiza, por ejemplo, aunque hay muchos más, de algo particularmente importante en este precioso deporte: los tres palitos que forman la portería del equipo rival.  Si amigos, los padres del fútbol consagraron las porterías como objetos preciosos a los que llevar el balón para ganar los partidos. Las porterías son el objeto del deseo por antonomasia. Y así lo  relacionó uno de los dioses de este juego, también argentino: “marcar goles es como hacer el amor, todo el mundo sabe cómo se hace, pero ninguno lo hace como yo”.

Qué grande fue Don Alfredo.

Y resultó que, como la política de esta nación se olvidó de sus porterías ,que son los problemas de su gente, el fútbol de España se olvidó de marcar goles, porque prefirió ser la dueña del discurso, la dueña del escaño, la dueña del balón. Cuánto bien hacía Hugo al fútbol tocando la pelota 4 o 5 veces por partido. Qué obra costumbrista es el fútbol para quien sabe ver a  la sociedad en él.  Y cuánto ego vemos en cada discurso, el mío entre ellos. Ahora, el 9 pasó a ser el 10, los córners se sacan entre dos jugadores, los extremos quieren jugar por dentro y los interiores dejaron de pisar el área. ¿Y todo para qué? Todo para tener el foco del balón y no dejar hablar al contrario. Como en un debate en la tele que es el congreso, como jugar al cabreo en el patio del colegio porque las porterías están ocupadas por los mayores. Pero, los niños nos aburríamos de jugar al cabreo, porque no nos gustaba cabrearnos, ni cabrear a nuestros compañeros de juego sin una razón sagrada detrás. Entonces nos sacábamos la camiseta o la mochila, o buscábamos un par de piedras y volvíamos a imaginar otra portería. En la calle, en el patio del colegio o en el pasillo de casa. Un banco, un par de árboles, una cochera, un cambio de tonalidad en el muro del edificio… Y ellos, ellos que tienen las porterías más maravillosas del mundo, con césped en el suelo y pulcras redes entre sus palos, prefieren cabrear al contrario para no perder, que clavar la pelota en la escuadra para ganar.

Se pudrió todo, España será responsable de que las normas del fútbol moderno vuelvan a cambiar. Habrá tiempo de posesión como en baloncesto o los árbitros como en balonmano, marcarán pasivo. Será injusto si todo sigue igual y no llega a hacerse. La posesión del discurso no puede ser más importante que ponerla en el ángulo. Igual que la política debe hacerse para que la gente pueda resolver sus problemas pacíficamente, sin nombres que se adueñen del sillón, ni del escaño; el fútbol debe hacerse para marcar goles, cuantos más mejor.  El balón, como el discurso, es solo una preciosa herramienta,  pero el fin, el fin debe ser el gol, el fin debe ser «hacer el amor». 

Javi Serrano, un ególatra amante del fútbol y de la gente colabora con Odio el Fútbol Moderno con este reflexivo texto sobre nuestro fútbol.