Tracas de nuestros padres, parte II

Sergi Aljilés

“No me arrepiento de este amor, aunque me cueste el corazón, amar es un milagro y yo te amé, como nunca jamás lo imaginé”

Attaque 77

Todo era muy distinto. Mi padre condensaba en esa frase, a modo de resumen, sus vivencias con el València de la temporada 70/71. Así me lo contaba cuando era pequeño, y así me lo sigue contando ahora. Él es muy crítico con los jugadores y las plantillas, pocos jugadores le emocionan o le hacen levantarse de su localidad en los goles. La única vez que le he visto perder los papeles con un gol fue con el de Pedja en la final del agua, pero eso es otra historia.

Como decía todo era muy distinto. València para empezar, una ciudad que se sacudía de encima el ser una ciudad hortelana, en pos de un comercio y un provincianismo vacío, desnaturalizado, aliñado con una gran esperanza de libertad, de ser la cabeza de un país que aún era quimera. Y el València para continuar, un club comandado por gente de fútbol, conocedores del mundillo y de la sensibilidad necesaria, un entrenador que lo era todo, Don Alfredo, y una plantilla que había ganado una liga 24 años después de la última. Ahora llegaba el momento de conseguir lo que ni los eléctricos de los 40s, ni el Fé-Cé logró, el doblete. Pues la copa se jugaba al acabar la temporada liguera. Un hecho que a los actuales aficionados nos puede parecer curioso, pero hay que entender que al ganador de copa se le consideraba el campeón de España, y eso tenía una importancia capital en el futbol pretérito. Creo que era mejor que el método actual, pero ya sabemos, el fútbol moderno lo arrasa todo, hasta lo más sagrado. Se jugaba la Copa entre mayo y julio. Para empezar los equipos norteños perdían la chanza de los campos embarrados al reinar un tiempo asoleado, y para continuar, daba la oportunidad a los clubs de centrarse en el campeonato liguero en su momento y la copa se convertía en una tabla de salvación para una mala temporada, o en la rúbrica de una excelsa.

Lo que seguro que era muy distinto era la vida para mi padre. A punto de cumplir los 18 pudo disfrutar, como socio de general de pie, del campeonato de liga, aprobar la temida reválida que le permitía empezar una carrera, y ayudar a la mudanza que la familia emprendería ese mismo verano, del carrer Siurana en Velluters a les Tendetes. Otro mundo al lado norte del Turia. La verdad, me hubiera gustado conocer la casa ancestral de mi familia, pero ahora solo queda la memoria y los recuerdos de mi padre, porque por no quedar, ya ni la calle existe, y el barrio es ruina triste y silenciosa. No como en el 71. Un barrio, que desde la falla del carrer Maldonado, y con la ayuda de unos falleros que vivían en Madrid, fletaron un autobús que partió, el 4 de julio, 7 de la mañana, de la Avinguda de l’Oest destino al Bernabéu, para que cuarenta algo velluterins vivieran la final en persona. Ahí estaba mi padre.

Quiero imaginar que el viaje se regó bien, pues al llegar a Madrid, además del asfixiante calor, lo primero que se les ocurrió a los negros demonios de la huerta fue tirar una traca de unos 20 metros a la salida de misa de 12 del barrio de Salamanca al grito de València, València, enarbolando señeras. Como pueden imaginar, aquello fue un pandemónium de velos, chillidos e insultos, aderezados por las balsámicas palabras del president de la falla: «¡però si no pasa res!». Una buena comida a posterior, en un restaurante contratado por los mecenas de la falla, y un paseo hasta el estadio para encarar la final.

El once que presentó Di Stéfano aun resuena en los oidos de mi padre. Abelardo, Videgany, Barrachina, Jesús Martinez, Sol, Claramunt(Don José), Paquito, Valdez, Poli,  Ansola y Sergio. Los 30.000 valencianistas en Madrid a muerte con sus chicos. «A per el Barça».

Una primera parte, dominando al Barça de principio a fin, se materializó solamente en un escaso 1-0 de penal, marcado por Claramunt. El descanso no le sentó muy bien a los culers, pues en el 48 paquito marcaba el segundo en un córner botado por Sergio, con cantada de Reina incluida. Aquello olía a doblete.

En el 51 recortó diferencia Fusté, de falta directa, y a partir de ahí empezó el show de los liniers y de Saiz Elizondo. En el minuto 70, Zabalza, marcó en claro fuera de juego, marcado por el linier con la bandera. El árbitro al principio lo anuló, pero pareció pensarlo mejor y lo concedió. Los jugadores valencianistas se fueron a por el trencilla, Di Stéfano echaba espumarajos por la boca desde el banquillo, de esos que ahora te cuestan 4 partidos. En medio de la melé sobre el árbitro, Vadez, los argentinos, ya se sabe, le pegó una patada al árbitro, una caricia bonaerense, pero cuando el de negro se volvió, se encontró con Sol, uno que no había roto un plato en su vida, y le sacó la roja. Nos quedamos con 10, esto se complica. Ahora había que aguantar y encarar la prórroga lo más fuertes en defensa posible. Salieron Claramunt II y Forment por Sergio y Ansola. Hay que aguantar.

La prórroga no pudo empezar peor, otro gol del Barça en fuera de juego y haciendo falta al portero, Zabalza otra vez. La sombra del penalti de Guruceta, la pagó el València.

Pero aquel equipo tenía alma, y por medio de Valdez se logró el empate a 3 en el minuto 109. Sobreponiéndose a los elementos, el murciélago restaba vivo.

Pero las finales de copa contra el Barça, cuando nos toca perder, son siempre en la prorroga y con bajones físicos del València. La otra que perdimos contra ellos, en el 52, se perdió por la lesión de Asensi (no había cambios) y esta, por la expulsión de Sol. El gol de Alfonseda fue la puntilla a un equipo que había intentado aguantar hasta los penaltis, con el físico al límite. No habría doblete.

La vuelta a València fue un caos. El autobús no apareció en el lugar acordado hasta las 2 de la madrugada, y el genio irónico, socarrón y fallero apareció en las mentes de aquellos que venían de la derrota y surgió la idea, al montar en el autobús, de hacer una parada en el Bernabéu. El plan era utilizarlo como lavabo. Y se produjo la escena, unas cuantas pichas valencianas regaron, más bien bautizaron, con el orín y la altanería, el estadio que encarnaba todo aquello contra lo que se posicionaba su religión.

38 años tuvo que esperar el Valencianismo para vengar la afrenta de la que hoy se cumplen 50 años. El año de nuestro centenario le ganamos la copa al Barça. Seguramente nos hubiera dado más gusto habérsela ganado al Madrid, pero la historia se dio así. También hay que decir que, si contra el Madrid ha habido, y habrá, muchos robos, todas las finales que hemos perdido contra ellos, todas menos una, las hemos perdido justamente y legalmente. Sin embargo, las finales contra el Barça, las perdidas, han sido un cúmulo de infortunios e ilegalidades. Las ganadas, una gloria. Eso son las finales, preciosas cuando se ganan, un dolor perderlas…pero nunca dejaremos de soñar con llegar a ellas.